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sábado, 14 de mayo de 2011

SERMON III DESPIERTATE, TU QUE DUERMES


JUAN WESLEY
Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo (Efesios 5: 14).
Al discurrir sobre este asunto, trataré, con el favor divi­no, en primer lugar: de describir a los que duermen y a quie­nes se dirigen las palabras del texto. Después, de dar vigor a la exhortación: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos,” y por último, de interpretar la promesa hecha a los que se despiertan y levantan: “Y te alumbrará Cristo.”
I.    1. En primer lugar, hablemos de aquellos que duer­men según el significado del texto. Con la palabra sueño se figura aquí el estado natural del hombre; esa somnolencia profunda del alma causada por el pecado de Adán y herencia de todos los que de él han descendido; esa pereza, indolencia, estupidez, esa ignorancia de su verdadero estado con que to­dos los hombres vienen al mundo y continúan hasta que la voz de Dios los despierta.
2.   “Los que duermen, de noche duermen,” cuando la na­turaleza se encuentra en la más completa oscuridad; “puesto que tinieblas cubren la tierra y oscuridad los pueblos.” El pobre pecador, a quien no se ha despertado, no tiene, por mu­cha que sea su sabiduría en otras cosas, el menor conocimien­to de sí mismo, y en este respecto “aún no sabe nada como de­be saber;” ignora que es un espíritu caído, cuyo fin exclusivo en este mundo es recuperarse de su caída y volver a obtener la imagen de Dios en cuya semejanza fue creado. No ve la necesidad ni aquello que es indispensable: ese cambio com­pleto e interior, ese renacimiento, figurado en el bautismo, que es el principio de esa renovación radical, de esa santifica­ción del espíritu, alma y cuerpo sin la cual “nadie verá al Señor.”
3.       Plagado de enfermedades, imagínase estar en perfec­ta salud; encadenado fuertemente con hierros y en la miseria, sueña gozar de libertad y exclama: “paz, paz,” al mismo tiem­po que el diablo, como “un hombre fuerte, armado,” está en plena posesión de su alma. Continúa durmiendo y descansan­do a la par que el infierno se mueve debajo de él para atra­parlo; aunque el abismo, de donde jamás se vuelve, ha abierto la boca para tragarlo. Fuego encendido hay en derredor suyo, y sin embargo, no lo sabe; aunque llega a quemarlo, no se cuida de ello.
4.   El “que duerme” es por consiguiente (pluguiese a Dios que todos lo entendiésemos bien) un pecador satisfecho en sus pecados, que desea permanecer en su estado caído y vivir y morir sin la imagen de Dios; que no conoce su enfer­medad ni sabe cuál es su único remedio; que nunca ha sido amonestado o no ha querido escuchar la amonestación de Dios que le dice: “huye de la ira que ha de venir;” y quien jamás se ha persuadido de que está en peligro del infierno ni ha gritado con toda la ansiedad de su alma: ¿Qué debo hacer para ser salvo?
5.   Si este que duerme no es abiertamente vicioso, tiene por lo general el sueño más profundo; ya sea como el espíri­tu de Laodicea, ni frío ni caliente—quieto, racional, inofensivo, amable, fiel a la religión de sus padres—, o ya celoso y orto­doxo, fariseo, “conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión,” es decir, uno que, según la descripción de las Sa­gradas Escrituras, se justifica a sí mismo, trabaja por estable­cer su propia justicia como la base para ser aceptado por Dios.
6.   Este es aquel que “teniendo apariencia de piedad” ha negado la eficacia de ella, y que probablemente la envilece dondequiera que la encuentra como si fuese una extravagan­cia o ilusión. Este desgraciado a sí mismo se engaña y da gracias a Dios porque no es como los demás hombres: “la­drones, injustos, adúlteros,” ni a nadie hace mal; al contra­rio, ayuna dos veces por semana, usa de todos los medios de gracia, asiste constantemente a la iglesia y frecuenta los sa­cramentos. Más aún, da diezmos de todo lo que posee, hace “todo el bien que puede;” tocante a la justicia de la ley, está limpio; no le falta de la santidad sino el poder; nada de la re­ligión, sino el espíritu y el cristianismo, la verdad y la vida.
7.       Empero, ¿no sabéis que un cristiano como éste, por muy estimado que sea de los hombres, ante la presencia de Dios es abominación y heredero de todos los males que el Hijo de Dios, ayer, hoy y para siempre anuncia en contra de los “escribas y fariseos, hipócritas”? Lo de afuera ha limpia­do, mas por dentro está lleno de podredumbre; “cosa pes­tilencial de él se ha apoderado.” Justamente nuestro Señor a un “sepulcro blanqueado” lo compara, que de fuera, a la verdad, se muestra hermoso, mas de dentro está lleno de hue­sos de muertos y de toda suciedad; huesos, que a la verdad, ya no están secos; nervios y carne han subido sobre ellos y la piel los ha cubierto; mas no hay aliento en ellos, ni tienen el Espíritu del Dios viviente. “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él.” Vosotros sois de Cristo, “si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros;” pero si no, sabe Dios que vivís en la muerte aun ahora mismo.
8.   Otra característica del que duerme, es que habita en la muerte y no lo sabe. Está muerto para con Dios, muerto en sus delitos y pecados, “porque la intención de la carne es muerte.” Como está escrito: “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte;” no solamente la muer­te física, sino la espiritual y eterna. “Mas del árbol de cien­cia del bien y del mal, no comerás de él; porque el día que de el comieres, morirás,” dijo Dios a Adán, y esta no era la muer­te del cuerpo (a no ser que en ese momento perdiese la in­mortalidad material), sino del espíritu; perderás la vida del alma; morirás para con Dios; quedarás separado de Aquel que es la esencia de tu vida y felicidad.
9.   De esta manera se disolvió la unión vital de nuestra alma con Dios; de modo que “en medio de la vida” natural, estamos “en la muerte” espiritual en la que permaneceremos hasta que el segundo Adán nos vivifique con su Espíritu; has­ta que El levante a los muertos; muertos en pecado, en los pla­ceres, en las riquezas y honores. Para que un alma muerta pueda resucitar, es menester que escuche la voz del Hijo de Dios, que comprenda lo desesperado de su condición y reciba ella misma la sentencia de su muerte. Sabe que está muerta mientras vive, muerta para con Dios y todas las cosas de Dios, sin tener más poder de cumplir con las obligaciones de un verdadero cristiano, del que un cuerpo muerto tiene de eje­cutar las funciones del hombre vivo.
10. Y qué cierto es del que está muerto en pecados que no tiene “los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal;” puesto que teniendo ojos, no ve; teniendo orejas, no oye; ni gusta y ve que es bueno Jehová. No ha visto a Dios jamás, oído su voz ni palpado “tocante al Verbo de vi­da.” En vano se ha derramado para él el nombre de Jesús como ungüento que exhala aromas de mirra, áloe, y casia. El alma que duerme el sueño de la muerte no percibe estas co­sas; ha perdido el sentido de la conciencia y nada de esto en­tiende.
11. De aquí es que, no teniendo el sentido espiritual ni la facultad de recibir las cosas espirituales, el hombre natu­ral no acepta las cosas del Espíritu de Dios y tan lejos está de poderlas admitir, que más bien le parecen locura. No le satisface ignorar las cosas espirituales por experiencia pro­pia, sino que niega aun que existan y la sensación espiritual es para él la mayor locura. “¿Cómo puede ser esto?” De la misma manera que sabéis que vuestros cuerpos están vivos. La fe es la vida del alma y si tenéis esta vida en vosotros, no ne­cesitáis más pruebas para satisfaceros de esa conciencia di­vina, este testimonio de Dios que es mayor y vale más que diez mil testigos humanos.
12. Si en la actualidad no das testimonio con tu espíritu de que eres hijo de Dios, quiera el Señor persuadirte por me­dio de su poder, ¡oh pobre pecador que aún duermes!, de que eres una criatura del diablo. Ojalá y mientras profetizo viniese un ruido y temblor y los huesos se llegasen “cada hueso a su hueso.” “Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre es­tos muertos, y vivirán.” No endurezcáis vuestros corazones ni resistáis al Espíritu Santo que ahora mismo procura persuadiros de que sois pecadores, puesto que no creéis en el Uni­génito de Dios.
II.   1. Por consiguiente, “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos.” El Señor te está llamando por mi boca y te exhorta a conocerte a ti mismo, espíritu caído, y tu verdadero estado y condición. ¿Qué tienes, dormilón? levántate y clama a tu Dios. Levántate y clama a tu Dios— quizá El tendrá compasión de ti y no perecerás. Una gran tempestad se levanta en tu derredor y te estás sumergiendo en las profundidades de la perdición, en el océano de los jui­cios divinos. Si quieres escapar de ellos, arrójate en ellos; “júzgate a ti mismo, para que el Señor no te juzgue.”
2.       ¡Despiértate, despiértate! Levántate ahora mismo, no sea que tomes de la mano de Jehová el vaso del vino de su furor. Anímate y tómate del Señor, el Señor de la Justicia, grande para salvar.” “Sacúdete del polvo” o al menos déjate sacudir por el temblor de los juicios del Señor. Despiértate Y grita con el carcelero: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?” y no descanses hasta que creas en el Señor Jesús con la fe que es su don por influencia del Espíritu Santo.
3.   Si a alguno me dirijo más especialmente que a otros, es a ti ¡oh alma! que no te crees aludida en esta exhortación. Tengo un mensaje de Dios para ti y en su nombre te amo­nesto a que huyas de “la ira que vendrá.” Mira, pues, tu re­trato, oh alma indigna, en Pedro allí en el oscuro calabozo, entre los soldados, cargado de cadenas y vigilado por los guar­dias de la prisión. La noche casi ha pasado y aproxímase la mañana cuando habrás de ser llevada al patíbulo; y en tan tremendas circunstancias aún duermes—estás profundamente dormida en brazos del demonio, a la orilla del precipicio, en las garras de la eterna destrucción.
4.   Que el ángel del Señor se acerque a ti y brille la luz en tu prisión. Que puedas sentir la mano fuerte del Señor que te levanta y su voz que te dice: “Cíñete, y átate tus sandalias…Rodéate tu ropa y sígueme.”
5.       Despiértate, oh espíritu inmortal, de tu sueño de fe­licidad mundana. ¿No te creó Dios para El mismo? No podrás descansar sino hasta que descanses en El. Vuélvete ¡oh pobre descarriado! Apresúrate a entrar otra vez en tu arca. Este no es tu hogar. No pienses edificar aquí tabernáculos. No eres sino extranjero y peregrino sobre la tierra; la criatura de un día que se precipita a un estado inalterable. Apresúrate pues, que la eternidad se aproxima, la eternidad que depende de este momento, una eternidad de gozo o de sufrimiento.
6.   ¿En qué estado se encuentra tu alma? Si Dios te pi­diese tu alma, mientras estoy hablando, ¿estaría lista para la muerte y el juicio? ¿Podrías presentarte ante Aquel que es demasiado “limpio…de ojos para ver el mal”? ¿Eres digno de “participar de la suerte de los santos en luz”? ¿Has peleado la buena batalla y guardado la fe? ¿Has recobrado la ima­gen de Dios en ti mismo, la virtud y verdadera santidad? ¿Te has quitado el hombre viejo y puesto el hombre nuevo? ¿Te has revestido de los méritos de Cristo?
7.       ¿Tienes aceite en tu lámpara, gracia en tu corazón? ¿Amas al Señor “de todo tu corazón, y de toda tu alma...y de todo tu entendimiento”? ¿Tienes esa mente que es según la mente de Jesucristo? ¿Eres cristiano en realidad de verdad, es decir: una nueva criatura? ¿Han pasado las cosas viejas y han sido todas hechas nuevas?
8.   ¿Eres “participante de la naturaleza divina”? ¿No sabes que Cristo está en ti a no ser que seas un réprobo, que Dios habita en ti y tú en Dios por medio de su Espíritu que te ha dado, que tu cuerpo “es templo del Espíritu Santo”? ¿Tienes testimonio en ti mismo, la señal de tu herencia? ¿Has “recibido el Espíritu Santo,” o te sorprende mi pregunta y contestas que ni siquiera sabes “si hay Espíritu Santo”?
9.   Si acaso este lenguaje te ofendiere, sabe que no eres cristiano ni deseas serlo; que tu misma oración en pecado se convierte y que hoy día te has burlado de Dios muy solem­nemente, cuando oraste pidiendo el auxilio del Espíritu Santo, al mismo tiempo que no creías se pudiese recibir tal cosa.
10. A pesar de esto, con la autoridad de la Palabra de Dios y de nuestra Iglesia, debo repetir la pregunta: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo?” Si no lo has recibido, aún no eres cristiano; porque cristiano sólo es el hombre que está un­gido del Espíritu Santo y de poder. Aun no eres participante de la religión pura y limpia. ¿Sabes qué cosa es la religión; qué es: participar de la naturaleza divina; la vida de Dios en el alma humana; tener a Cristo en el corazón; Cristo en ti, “la esperanza de gloria,” pureza y felicidad; el principio de la vida celestial en la tierra; el reino de Dios en ti; no la co­mida ni la bebida; no una cosa exterior, sino “justicia y paz y gozo por el Espíritu Santo” un reino eterno fundado en el alma; “la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento;” un “gozo inefable y glorificado”?
11. ¿Sabes tú que “en Cristo Jesús ni la circuncisión va­le algo, ni la incircuncisión; sino la fe que obra por la cari­dad,” la nueva creación? ¿Ves la necesidad de ese cambio in­terior, del nacimiento espiritual, de la vida de los que antes estaban muertos, de la santidad, y estás plenamente persua­dido de que sin ella ninguno verá al Señor? ¿Estás trabajando por obtenerla y hacer firme “tu vocación y elección,” ocu­pándote en tu salvación con temor y temblor, esforzándote a entrar por la puerta angosta? ¿Obras en conciencia res­pecto a tu alma y puedes decir al que escudriña los corazo­nes: Tú oh Dios, eres lo que mi corazón desea, Tú sabes to­das las cosas, Tú sabes que quiero amarte?
     12.       Abrigas la esperanza de ser salvo; pero ¿qué razón tienes para abrigar esa esperanza? ¿Porque no has hecho ningún mal o porque has hecho mucho bien? ¿Porque no eres co­mo otros hombres, sino instruido, sabio, honrado y moral, esti­mado de todos, y de buena reputación? ¡Ay! nada de esto te valdrá con Dios. Con El vale menos que nada. ¿Conoces al Señor Jesús a quien Dios mandó, y te ha enseñado que “por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe”? ¿Has reci­bido como la base de tu esperanza, esa palabra fiel de que “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”? ¿Has aprendido lo que quiere decir: “No he venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento”? “No soy envia­do sino a las ovejas perdidas.” ¿Estás ya perdido, muerto, con­denado? El que tiene oídos para oír que oiga. ¿Sabes lo que mereces? ¿Conoces tus necesidades? ¿Eres pobre de espí­ritu y estás pidiendo a Dios y rehusándote a ser consolado? ¿Eres el hijo pródigo que “vuelve en sí” y se levanta arrepen­tido para ir a su padre? ¿Quieres vivir santamente en Cristo Jesús? ¿Sufres acaso alguna persecución por causa de El? ¿Dicen de ti los hombres toda clase de cosas malas falsamente y por causa del Hijo del hombre?
13.   Ojalá y escuchaseis en todos estos asuntos la voz de Aquel que hace despertar a los muertos, y sintieseis el peso de su palabra capaz de desmenuzar las rocas. ¡Oh, si escuchaseis su voz hoy día, mientras es de día, y no endurecieseis vues­tros corazones! “Despiértate, tú que duermes,” en sueño es­piritual, no sea que duermas la muerte eterna. Considera lo desesperado de tu condición y “levántate de los muertos.” Deja a tus antiguos compañeros de pecado y miseria; sigue tú a Jesús y deja que los muertos entierren a sus muertos; sé salvo de esta perversa generación; sal de en medio de ellos, apártate y no toques lo inmundo, y el Señor te recibirá. Cris­to te dará la luz.
III.   1. Paso, por último, a explicar esta promesa. Y qué pensamiento tan consolador es éste: cualquiera que obedece su llamamiento y lo busca, no lo hará en vano. Si te despiertas y levantas aun de entre los muertos El te dará la luz como lo ha prometido. “Gracia y gloria dará Jehová;” la luz de su gracia aquí y la de gloria cuando recibas la corona que no se marchita jamás. “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salud se dejará ver presto.” “Dios, que mandó que de las ti­nieblas resplandeciese la luz,” resplandecerá en tu corazón para tu “iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” A los que temen al Señor, “nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salud” y en ese día se les dirá: “Levántate, resplandece; que ha venido tu lumbre, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti,” porque Cristo en ellos se revelará y El es la verdadera luz.
2.   Dios es luz y se revela a todo pecador que a sí mismo se despierta, que lo busca: serás, pues, un templo del Dios vi­viente y Cristo morará en tu corazón por medio de la fe, y arraigado y fundado en amor, podrás comprender bien con todos los santos, “cuál sea la anchura y la longura y la pro­fundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que ex­cede a todo conocimiento.”
3.   He aquí vuestro llamamiento, hermanos míos. Esta­mos llamados a ser una habitación de Dios por medio de su Espíritu que, habitando en nosotros, nos hace aptos para par­ticipar de la suerte de los santos en luz. Tales son las promesas hechas a los que creen, supuesto que por medio de la fe “no­sotros hemos recibido, no el espíritu del mundo sino el Espí­ritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado.”
4.   Es el Espíritu de Cristo el gran don de Dios que, de dis­tintas maneras y en diferentes lugares, ha prometido al hom­bre y dado abundantemente desde la época cuando Cristo fue glorificado. Esas promesas hechas a nuestros padres, ha cum­plido: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis mandamientos” (Ezequiel 36:27). “Derramaré aguas sobre el secadal, y ríos sobre la tierra árida: mi espí­ritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos” (Isaías 44:3).
5.   Todos vosotros podéis ser testigos vivientes de estas cosas: de la remisión de los pecados y del don del Espíritu Santo. “Si puedes creer, al que cree, todo es posible.” ¿“Quién hay entre vosotros que teme a Jehová” y sin embargo, aún camina en las tinieblas y no tiene luz? Te pregunto en el nom­bre del Señor Jesús: ¿Crees que su brazo es tan poderoso co­mo siempre? ¿Que aún es “grande para salvar”? ¿que es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”? ¿que tiene poder sobre la tierra para perdonar pecados? “Confía, hijo; tus pecados te son perdonados.” Dios, por los méritos de Cristo, te ha per­donado. Recibe pues, este mensaje, no como la palabra del hombre, sino como la palabra de Dios; estás justificado ampliamente, por medio de la fe; de la misma manera que serás santificado y el Señor Jesús te sellará porque “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.”
6.       Permitidme, hermanos y señores, que os hable con toda llaneza y recibid estas palabras de exhortación aun de uno que es de poca estima en la Iglesia. Movidas por el Espíri­tu Santo, vuestras conciencias os dan testimonio de que estas cosas son ciertas, si es que habéis probado la misericordia del Señor. “Esta empero, es la vida eterna: que conozcáis al solo Dios verdadero, y a Jesucristo al cual El ha enviado.” Esta ex­periencia personal, y sólo ella, constituye el verdadero cris­tianismo. Solamente es cristiano aquel que ha recibido el Es­píritu de Cristo, y el que no lo ha recibido, no es cristiano; porque no es posible haberlo recibido sin saberlo. “En aquel día,” dijo el Señor, “vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.” Este es aquel “Es­píritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce: mas vosotros le conocéis; porque está con vosotros, y será en vosotros” (Juan 14:17).
7.   El mundo no lo puede recibir, sino que por completo rechaza la promesa del Padre, contradiciendo y blasfemando. Todo espíritu que no confiesa esto, no es de Dios. “Este es el espíritu del anticristo del cual vosotros habéis oído que ha de venir, y que ahora ya está en el mundo.” Quienquiera que niegue del Santo Espíritu la inspiración, o que la posesión de ese Espíritu sea la herencia común de todos los creyentes, la bendición del Evangelio, el don inestimable, la promesa universal, la piedra de toque de todo verdadero cristiano, es el anticristo.
8.   De nada le sirve decir: No niego la ayuda del Espí­ritu de Dios, sino su inspiración, esta recepción del Espíritu Santo y el tener conciencia de su presencia; este sentir del Espíritu, el ser movido por El o estar lleno de El que no puede tener lugar en una religión sana. Pero con negar sólo esto, negáis todo: la inspiración de las Sagradas Escrituras; todas las verdades, promesas y testimonios de Dios.
9.   Nada de esta infernal distinción sabe nuestra excelen­te iglesia; mas al contrario, habla muy claramente respecto al “sentir el Espíritu de Cristo,” de estar “movido por el Espí­ritu Santo,” “de saber que no hay otro nombre mas que el del Señor Jesús” para poder obtener vida y salvación. Nos enseña a pedir la “inspiración del Espíritu Santo” y aun “que seamos llenos del Espíritu Santo.” Todos sus presbíteros creen recibir el Espíritu Santo por medio de la imposición de ma­nos.[2] Por consiguiente, el negar cualquiera de estas cosas, es renunciar a la Iglesia Anglicana y a toda la revelación cris­tiana.
10. Pero “la sabiduría de Dios” ha sido siempre nece­dad para con los hombres, y no hay que admirarse de que los grandes misterios del Evangelio hayan sido “escondidos de los sabios y los prudentes” —lo mismo que en tiempos remotos— para que nieguen su eficacia casi universalmente, los ridiculi­cen y los consideren como una mera locura, de modo que a to­dos los que lo aceptan se les llama locos entusiastas. Esta es aquella apostasía general que había de venir; esa apostasía ge­neral de los hombres de todas clases y condiciones, que hoy día se dilata por toda la extensión de la tierra. “Discurrid por las plazas de Jerusalén, y mirad ahora, y sabed, y buscad en sus plazas si halláis hombre” que ame al Señor de todo su cora­zón y que lo sirva con toda su inteligencia. Nuestra patria, sin ir más lejos, está inundada de iniquidad. ¡Cuántas villanías cometen diariamente y con toda impunidad aquellos que ha­cen alarde y se glorían en sus crímenes! ¿ Quién podrá con­tar las blasfemias, maldiciones, juramentos, mentiras, calum­nias, detracciones, conversaciones mordaces; las veces que se peca quebrantando el día del Señor; las ofensas, la gula, la embriaguez, las venganzas, la lujuria, los adulterios, los pe­cados de la carne, los fraudes, las opresiones, las extorsiones que inundan el país entero como un diluvio?
11. Y aun entre aquellos que están libres de estas abo­minaciones ¡cuánto no hay de ira y orgullo, de pereza y flo­jera, de maneras afectadas y afeminadas, de amor a las como­didades y a sí mismo, de codicia y ambición! ¡qué deseo de las alabanzas de otros, qué apego al mundo, qué miedo al hombre! Y por otra parte, ¡qué pocos tienen verdadera religión! Por­que, ¿dónde está aquel que ama a Dios y a su prójimo como el Señor nos ha mandado? Por una parte vemos a unos que ni siquiera la forma de la religión tienen; por otra, a los que tan sólo ostentan la exterioridad. De un lado el sepulcro abierto, del otro el blanqueado; de manera que cualquiera persona que observase cuidadosamente alguna reunión numerosa (sin exceptuar nuestras congregaciones), vería muy fácilmen­te que “una parte era de Saduceos, y la otra de Fariseos;” la Primera ocupándose tan poco de la religión, como si no hu­biera ni “resurrección, ni ángel, ni espíritu;” y la otra convirtiéndola en mera forma inerte, en una serie de exterioridades y ceremonias sin la verdadera fe, el amor de Dios o el gozo del Espíritu Santo.
12.       Pluguiese a Dios que nosotros los de este lugar fué­ramos la excepción. Hermanos, la voluntad de mi corazón y mi oración a Dios es para vuestra salud, que seáis salvos de este diluvio de iniquidades, que de aquí no pasen ya sus or­gullosas olas. Pero, ¿es esto un hecho? Dios lo sabe y vuestras conciencias os dicen que no es así. No os habéis guardado lim­pios. Corrompidos y abominables somos todos y pocos hay que tengan mejor entendimiento; muy pocos que adoren a Dios en espíritu y en verdad. Nosotros también somos “generación contumaz y rebelde;” generación que no apercibe su corazón, ni es fiel para con Dios su espíritu. El Señor nos había esco­gido para ser “la sal de la tierra; y si la sal se desvaneciere, no vale más para nada, sino para ser echada fuera y hollada de los hombres.”
13.  “¿No había de hacer visitación sobre esto? dijo Je­hová. De una gente como ésta ¿no se había de vengar mi al­ma?” ¡Ay! no sabemos con qué presteza dirá a la espada, “Es­pada, pasa por mi tierra.” Mucho tiempo nos ha dado para arrepentimos; pero ahora nos despierta y amonesta con el trueno; sus castigos se están viendo en toda la tierra y pode­mos con razón, esperar que sobre nosotros caiga el peor de ellos; tal vez vendrá presto y quite nuestro candelero de su lugar, si no nos arrepentimos y hacemos nuestras primeras obras, si no volvemos a las enseñanzas de la época de la Re­forma, a la verdad y sencillez del Evangelio. Quién sabe si estemos resistiendo el último esfuerzo de la divina gracia pa­ra salvarnos; si habremos llenado la medida de nuestras ini­quidades al rechazar el mensaje de Dios en contra de noso­tros y al despedir a sus mensajeros.
14.  Oh Señor, “en la ira acuérdate de la misericordia” y glorifícate en nuestra enmienda, no en nuestra destrucción. Permítenos oír “la vara y a quien la establece.” Ahora que tus juicios están en la tierra, permite que los moradores del mundo aprendan la justicia.
15.       Hermanos, ya es tiempo de que nos despertemos de nuestro sueño, antes que suene la trompeta del Señor y nues­tra patria se convierta en un lago de sangre. Ojalá y veamos las cosas que son necesarias para nuestra paz antes de que se esconda de nuestra vista. “Vuélvenos, oh Dios, salud nuestra, y haz cesar tu ira de sobre nosotros; mira desde el cielo, y con­sidera, y visita esta viña y haznos saber el día de nuestra visi­tación.” “Ayúdanos, oh Dios, salud nuestra, por la gloria de tu nombre: y líbranos, y aplácate sobre nuestros pecados por amor de tu nombre.” “Así no nos volveremos de ti: vida nos darás, e invocaremos tu nombre. Oh Jehová, Dios de los ejér­citos, haznos tornar; haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.”
“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mu­cho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, por la potencia que obra en nosotros, a él sea gloria en la Igle­sia por Cristo Jesús, por todas las edades del siglo de los siglos. Amén.”

lunes, 9 de mayo de 2011

EL ESPIRITU DE SERVIDUMBRE Y EL ESPIRITU DE ADOPCION (SERMON IX)

JUAN WESLEY REFORMADOR INGLES


Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre pa­ra estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre (Romanos 8:15).
1.    El apóstol Pablo se dirige a los que por medio de la fe son hijos de Dios, y les dice: Vosotros que sois sus hijos, habéis recibido el Espíritu; mas no el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor, sino que por la misma razón de que sois hijos de Dios, el Altísimo derramó el Espíritu de su Hijo en vuestros corazones y “habéis recibido el espíritu de adopción por el cual clamamos Abba, Padre.”
2.    Muy lejos está el espíritu de servidumbre y temor de este espíritu amante de adopción. A los que están bajo la in­fluencia de este temor servil, no se les puede llamar “hijos de Dios;” si bien algunos de ellos son siervos que no están “lejos del reino de Dios.”
3.    Se puede y debe con razón temer que la gran parte del género humano que se llama mundo cristiano no haya lle­gado ni siquiera a este estado, sino que esté muy distante de Dios y no tenga a Dios en todos sus pensamientos. Podrán darse unos cuantos nombres de los que aman a Dios; unos cuantos más de los que le temen; pero la gran mayoría de los hombres ni temen a Dios ni lo aman en sus corazones.
4.    Tal vez muchos de vosotros quienes, por la miseri­cordia de Dios, estáis en la actualidad bajo la influencia de un espíritu mejor, recordáis la época cuando estabais en el mismo caso en que ahora se encuentran aquéllos, justamen­te bajo la misma condenación sin temor ni amor. Al princi­pio no lo sabíais, si bien caminabais diariamente en vuestros pecados, hasta que, a debido tiempo, “habéis recibido el es­píritu de temor” (habéis recibido, porque también este es un don de Dios); y después el temor desapareció y el espíritu de amor llenó vuestros corazones.
5.  A una persona que se encuentra en la primera de es. las condiciones, se le llama en las Sagradas Escrituras “hombre natural;” de los que se encuentran bajo el espíritu de servi­dumbre y temor se dice que están “bajo la ley” (si bien esa expresión se refiere con mayor frecuencia a los que esta­ban bajo la dispensación judaica, o se creían obligados a ob­servar los ritos y ceremonias de la ley judaica); pero del que ha dejado el espíritu de temor y ha recibido el espíritu de amor se dice que está “bajo la gracia.”
Por cuanto nos interesa mucho saber de qué espíritu so­mos, trataré de demostrar claramente: primero, el estado del “hombre natural;” segundo, del que está “bajo la ley” y ter­cero, del que está “bajo la gracia.”
I.   1. En primer lugar, el estado del hombre natural. Las Sagradas Escrituras representan esta condición como un sue­ño; la voz de Dios se deja oír diciéndole: “Despiértate tú que duermes,” porque su alma está sumergida en profundo sueño; sus sentidos espirituales están dormidos y no pueden discernir entre lo bueno y lo malo. Los ojos de su entendimiento están cerrados, sellados, como quien dice, y no ven. Tinieblas y oscuridad le rodean constantemente, porque se encuentra en el valle de las sombras de la muerte, de manera que no habiendo entrada para las cosas espirituales, estando todos los caminos que van a su alma cerrados, está en una ignorancia crasa y torpe respecto de todas aquellas cosas que debería saber. Está en la más profunda ignorancia respecto a Dios y nada sabe de El, como debería saberlo. La ley de Dios es para él una cosa enteramente extraña y nada alcanza respecto de su sentido verdadero, interno y espiritual; no tiene la menor idea de esa santidad evangélica sin la cual ninguno verá al Señor, ni de la felicidad de que sólo gozan aquellos cuya “vida está es­condida con Cristo en Dios.”
2.   Cabalmente, por esa misma razón de que está muy dormido, en cierto sentido, goza de descanso. Está ciego y en su ceguedad se cree muy seguro; ha dicho: “Ninguna adver­sidad me acontecerá.” La oscuridad que por todas partes le rodea parece proporcionarle cierta clase de tranquilidad, has­ta donde puede existir la tranquilidad o paz mezclada con las obras del demonio y una mente mundana y carnal. No ve que está a la orilla del precipicio y por consiguiente, no teme. No puede temblar ante el peligro, porque no tiene conciencia de él. No tiene suficiente inteligencia para abrigar temores. ¿Cómo se explica que no tiene el menor temor de Dios? Porque está en completa ignorancia de quién es Dios, pues que dice en su corazón: “no hay Dios,” o “El está asentado sobre el globo de la tierra,” y no se humilla a mirar en el cielo y en la tierra; por otra parte, queda satisfecho al decir con los epi­cúreos: “Dios es misericordioso,” confundiendo e incluyendo en esa simple sentencia y falsa concepción de la misericor­dia divina, la santidad de Dios y su natural odio al pecado; su justicia, sabiduría y verdad. No tiene temor de la venganza que amenaza a los que desobedecen la ley bendita de Dios, porque no la comprende; se figura que lo más importante es hacer tal o cual cosa y estar exteriormente sin culpa, sin per­cibir que la ley se refiere a la disposición, deseos, pensamien­tos y móviles del corazón. Otras veces se imagina que las obligaciones de la ley han cesado; que Cristo vino a destruir la ley y los profetas; a salvar a su pueblo en sus pecados y no de ellos; a pesar de aquellas palabras del Señor Jesús: “ni una jo­ta, ni un tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas sean hechas,” y “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos: mas el que hiciere la voluntad de mi Pa­dre que está en los cielos.”
3.   Se cree seguro porque está en las más completa igno­rancia de sí mismo y por consiguiente, dice que se arrepenti­rá dentro de algún tiempo; no sabe a punto fijo cuándo, pero con seguridad antes de morir, suponiendo, por supuesto, que está en su mano hacerlo; porque: ¿qué podrá estorbarlo? Si alguna vez se resuelve, ¡no cabe la menor duda de que se arre­pentirá!
4.  A ninguno deslumbra tanto la ignorancia como a los que se llaman hombres de saber. Si el hombre, en el estado natural de que venimos hablando, es uno de éstos, puede ha­blar extensamente de sus facultades intelectuales; de su libre albedrío; de la necesidad que hay de dicho albedrío para que pueda existir el agente moral. Lee, arguye y prueba, casi de­mostrando que a cada hombre asiste el derecho de hacer su voluntad, de desarrollar lo bueno o lo malo que haya en su corazón y de obrar como mejor le pareciere. Así es como el dios de este mundo extiende un denso velo delante de sus ojos no sea que la luz del glorioso Evangelio de Cristo le alumbre.
5.   Como resultado de esta ignorancia de sí mismo y de Dios, nace algunas veces en el corazón del hombre natural, cierto grado de regocijo y se congratula por razón de su sabi­duría y bondad; poseyendo lo que, según el mundo, se llama regocijo. Tal vez goza del placer de diferentes maneras: Satisfaciendo los deseos de la carne o las concupiscencias del ojo; las vanidades de la vida, especialmente si tiene muchas posesiones, si goza de una gran fortuna; en el cual caso pue­de vestirse de púrpura y lino fino y hacer banquete esplén­dido cada día. Mientras esté en la prosperidad y se trate con suntuosidad, los hombres hablarán bien de él; dirán: dichoso él, porque a la verdad esta es la esencia de la felicidad munda­nal: vestirse y visitar; hablar, comer y beber; levantarse a ju­gar.
6.   Nada extraño es, por consiguiente, que una persona en tales circunstancias, embriagada con el opio del pecado y la adulación, se imagine, en su soñar despierto, que goza de una gran libertad. Con qué facilidad se figura que está libre de todos los errores vulgares y de los perjuicios de una edu­cación atrasada, y que puede ejercer en todas las cosas un sano criterio y un juicio acertado. —Estoy libre, —dice—del entusiasmo característico de las almas débiles y cuitadas: de la superstición, enfermedad de necios y cobardes siempre de­masiado justos; del fanatismo que es el pan cotidiano de los que no poseen una inteligencia libre y liberal. —En verdad que está libre de esa sabiduría “que viene de lo alto,” de la santi­dad, de la religión de corazón, de la mente y disposición que están en Cristo.
7.  Mientras tanto, es el siervo del pecado. Comete la ini­quidad poco más o menos diariamente; y sin embargo, no sien­te el menor remordimiento ni está “bajo de servidumbre” co­mo algunos dicen; no siente ninguna condenación. Aunque acepte y confiese la revelación cristiana como venida de Dios, se contenta en decir: El hombre es una criatura frágil, todos somos débiles, cada uno tiene su lado flaco. Tal vez coteje las Sagradas Escrituras; a Salomón quien dice: “siete veces cae el justo.” Según su opinión, los que pretenden ser me­jores que sus semejantes, no son sino hipócritas o entusias­tas, y si alguna vez pensamientos serios brotan en su mente, los ahoga inmediatamente con las palabras: ¿Por qué he de temer, si Dios es misericordioso y Cristo murió por los peca­dores? Así que voluntariamente continúa siendo siervo del pecado y contento en la sabiduría de la iniquidad, impuro interior y exteriormente, sin hacer ningún esfuerzo por triun­far del pecado en general ni de esa trasgresión en particular, que a cada paso lo está venciendo.
8.   Tal es el estado de todo hombre en su condición natural; ya sea un trasgresor descarado y escandaloso o un peca­dor decente y de buena reputación, que tiene la forma, pero no el poder de la santidad. ¿Cómo se convencerá semejante individuo de su pecado? ¿Cuándo se arrepentirá? ¿Cómo po­drá recibir “el espíritu de servidumbre” para tener temor? Este es el punto que pasamos a considerar.
II.   1. Por medio de algún acto de su inescrutable pro­videncia o de su Palabra, Dios toca, con la ayuda del Espíritu, el corazón del que está durmiendo en las tinieblas o la som­bra de muerte. Recibe pues el pecador una gran sorpresa, y al despertar comprende por primera vez el gran peligro en que se encuentra. Ya sea en un instante, ya sea paulatinamen­te, su vista intelectual se despeja y, habiéndose removido el velo en parte, puede discernir la verdadera condición en que se encuentra. Una luz aterradora alumbra de lleno su alma, una luz que sale del profundo abismo, del lago de fuego ar­diente. Al fin comprende que el Dios amante y misericor­dioso es también un “fuego consumidor,” un ser justo y terri­ble que recompensa a cada hombre conforme a sus obras, en­trando en juicio con los impíos por toda palabra ociosa y aun por las imaginaciones del corazón. Ahora descubre que ese Dios grande y santo es demasiado puro para “mirar la iniqui­dad;” que se venga de todos los que contra El se rebelan y pa­ga a los inicuos según sus merecimientos y que “horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo.”
2.    El sentido espiritual y profundo de la ley de Dios em­pieza a manifestársele y percibe que “ancho sobremanera es tu mandamiento” y que “no hay nada que se le esconda.” Se convence de que todas y cada una de sus partes se refieren no solamente al pecado exterior y a la desobediencia, sino a lo que pasa en lo más recóndito y secreto del corazón y adonde sólo el ojo de Dios puede penetrar. Cuando oye el manda­miento: “No matarás,” escucha también la voz de Dios, que en medio de los truenos, dice: “Cualquiera que aborrece a su hermano es homicida;” “cualquiera que dijere, Fatuo, será culpado del infierno del fuego.” Si la ley dice: “No cometerás adulterio,” la voz del Señor se deja escuchar en sus oídos, diciendo: “Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón;” y así a cada momento siente que “la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más pene­trante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos.” Es­cucha con tanto más temor, por cuanto tiene la conciencia de haber despreciado esta gran salvación; de haber hollado bajo sus plantas “al Hijo de Dios,” quien lo habría salvado de sus pecados; y de haber tenido “por inmunda la sangre del Tes­tamento.”
3.    Sabiendo que “todas las cosas están desnudas y abier­tas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta,” se ve enteramente desnudo, no teniendo siquiera las hojas de hi­guera que había cosido para cubrir su desnudez; desnudo de todas sus pobres pretensiones de religión y virtud y de sus miserables disculpas por haber pecado en contra de Dios. Se ve a sí mismo como los antiguos sacrificios, partido de medio a medio, de manera que todas las entrañas y el interior están a la vista. Su corazón está descubierto y ve que es todo pe­cado; que es engañoso más que todas las cosas, y perverso; que está enteramente corrompido y es abominable, más de lo que con palabras se puede expresar; que no existe en él nada bueno, sino por el contrario está lleno de toda clase de injusti­cia e impureza, siendo todos sus pensamientos e impulsos ma­los y perversos.
4.    No sólo ve, sino que siente en sí mismo, por medio de cierta emoción de su alma que no puede describir, que de­bido a los pecados de su corazón, aun cuando su propia vida fuese inmaculada—lo que no es ni puede ser porque el árbol malo no puede dar buen fruto—merece ser echado en “el fue­go que nunca se apagará.” Comprende que “la paga,” la justa recompensa “del pecado,” de su pecado sobre todo, es “muer­te,” la segunda muerte, la muerte que no cesa: la destrucción del cuerpo y del alma en el infierno.
5.    Así concluyen sus agradables sueños, su descanso ilu­sorio, su paz imaginaria, su falsa seguridad. Desvanécese su regocijo como la nube que se evapora, y los placeres que antes amaba ya no le deleitan, sino que le cansan, fatigan y fasti­dian. Desaparecen las sombras de felicidad en el abismo del olvido, de manera que se encuentra destituido de todo y va­ga de aquí para allá, buscando descanso sin poder encontrarlo.
6.    Los humos de su embriaguez habiendo pasado, siente la angustia de un corazón herido y ve claramente que el pe­cado—ya sea orgullo, ira, malos deseos, obstinación, malicia, envidia, venganza o cualquiera otro—cuando domina el alma, produce la más completa miseria. Se llena de dolor al consi­derar las bendiciones que no ha alcanzado y al sentir la mal­dición que pesa sobre él; el remordimiento de haberse destruido a sí mismo y despreciado la misericordia que lo habría salvado; el temor de la cólera de Dios y de sus consecuencias, del castigo que justamente merece y que ve acumularse sobre su cabeza; el miedo de la muerte que para él es la puerta del infierno, el principio de la muerte eterna; el temor del demo­nio que es el verdugo de la justa ira y venganza de Dios; el temor de los hombres quienes, si pudieran matar el cuerpo, echarían ambos su cuerpo y alma en el infierno; el temor que algunas veces sube tal grado, que la pobre alma culpable y pecaminosa se aterroriza de todo y cualquiera cosa la espanta, aun las sombras o una hoja movida por el viento. Algunas ve­ces casi llega a perder el juicio y parece, “ebrio, si bien no de vino,” y pierde el uso de la memoria, la inteligencia y sus de­más facultades naturales. Otras ocasiones, casi se acerca a la desesperación: de manera que, como aquellos que tiemblan al oír hablar de la muerte, “tuvo por mejor el ahogamiento, y quiso la muerte más que sus huesos.” Bien puede el hombre en tal estado angustiarse con toda la agonía de su corazón; bien puede exclamar: “El ánimo del hombre soportará su enfermedad: mas ¿quién soportará el ánimo angustiado?”
7.     Con toda sinceridad desea romper con el pecado y empieza la lucha; pero aunque pelea con todas sus fuerzas, no puede vencer; el pecado es más fuerte que él. Desea esca­parse, pero está en una prisión de la que no puede huir; hace firmes resoluciones de no pecar más, pero continúa pecando; ve la red que se le tiende y que tanto odia, pero corre hacia ella. La facultad de su razón, de la que tanto alarde ha hecho, sólo le sirve para acrecentar su culpa y aumentar su mise­ria. Tal es la facultad de su libre albedrío, libre para beber la iniquidad “como agua,” para alejarse más y más del Dios viviente, y despreciar la gracia del Espíritu.
8.     Mientras más se esfuerza, trabaja y lucha por liber­tarse, más siente el peso de sus cadenas: de las cadenas del pecado de que Satanás lo ha cargado y con las que lo lleva cautivo según su voluntad. Es su esclavo, mal que le pese. Aunque se rebele, no puede prevalecer. Aún permanece en servidumbre y temor por razón del pecado, generalmente de algún pecado exterior para el cual tiene una disposición es­pecial, ya sea por naturaleza, hábito o circunstancias pecu­liares, pero siempre de alguna trasgresión interior, mal ge­nio o alguna inclinación impura. Mientras más se molesta por razón de dicho pecado, más prevalece éste; puede torcer la cadena, pero no llega a romperla. Trabaja sin cesar, arrepintiéndose y volviendo a pecar; hasta que por fin el pobre, desgraciado y miserable pecador no sabe qué hacer y apenas puede exclamar: “¡Miserable hombre de mí! ¿quién me libra­rá del cuerpo de esta muerte?”
9.    Esta lucha del que está “bajo la ley,” y de “el espíritu de servidumbre, y temor,” el apóstol la ha descrito muy bien en el capítulo anterior, al hablar del que ha despertado. “Así que, yo sin la ley vivía por algún tiempo” (verso 9); tenía mucha sabiduría, fuerza y virtud, según me figuraba, “mas venido el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí.” Cuan­do el mandamiento, en todo su sentido espiritual, tocó mi co­razón con el poder de Dios, mis pecados más recónditos se conmovieron, se rebelaron, y todas mis virtudes desaparecie­ron; “y hallé que el mandamiento, intimado para vida, para mí era mortal; porque el pecado, tomando ocasión, me engañó por el mandamiento, y por él me mató” (vrs. 10, 11), me sor­prendió, destruyó todas mis esperanzas y muy claramente me demostró que, en medio de la vida, estaba yo en la muer­te. “De manera que la ley a la verdad es santa, y el manda­miento santo, y justo, y bueno” (v. 12); y por consiguiente ya no culpo a la ley, sino a la corrupción de mi corazón. Reco­nozco que “la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido a sujeción del pecado” (v. 14). Ahora veo con claridad la natu­raleza espiritual de la ley y mi corazón carnal y diabólico, “vendido a sujeción del pecado,” por completo esclavizado (como los esclavos que se compran con dinero y están absolu­tamente a la disposición de su dueño): “porque lo que hago no lo entiendo; ni lo que quiero hago; antes lo que aborrezco, aquello hago” (v. 15); tal es el yugo bajo el cual gimo; tal es la tiranía de mi cruel dueño. “Tengo el querer, mas efectuar el bien, no 1o alcanzo; porque no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, este hago” (vrs. 18, 19). “Hallo esta ley,” un poder interior que me constriñe, “que queriendo yo hacer el bien...el mal está en mí; porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (vrs. 21, 22); o en mi mente (este es el sentido de las palabras del apóstol: ho esoo ánthroopos, el hombre interior y de otros escritores griegos); “mas veo otra ley en mis miembros que se rebela contra la ley de mi espíritu, y que me lleva cautivo a la ley del pecado,” o poder del pecado (v. 23), arrastrándome, como quien dice, hacia aque­llo que mi alma aborrece tanto. “¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?” (v. 24). ¿Quién me librará de esta vida desamparada, moribunda; de este yu­go del pecado y de miseria? Hasta que alguien me liberte, “yo mismo” (o mejor dicho, ese yo a quien ahora represento), “con la mente sirvo a la ley de Dios;” mi mente, mi concien­cia está con Dios; “mas con la carne,” con mi cuerpo, “a la ley del pecado,” (v. 25) siendo impulsado por una fuerza que no puedo resistir.
10.  ¡Qué descripción tan viva es ésta de uno que “esta bajo la ley;” que siente una carga que no puede tirar; que tiene sed de libertad, poder y amor; pero que aún permane­ce en la servidumbre y el temor, hasta el día en que Dios es­cucha a ese desgraciado que grita: “¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?” y le contesta: La gracia de Dios por medio de Jesucristo tu Señor.
III.  1. Se acaba entonces esa mísera servidumbre y el pecador pasa del yugo de la ley a estar “bajo la gracia.” Pa­samos, pues, a considerar este tercer estado del hombre: la condición del que ha encontrado gracia o favor con Dios, y que tiene la gracia o poder del Espíritu Santo reinando en su co­razón; quien ha recibido, como dice Pablo, “el espíritu de adopción” por medio del cual clama “Abba, Padre.”
2.    En su angustia invocó a Jehová y clamó a su Dios; El oyó su voz desde su templo, y su clamor “llegó delante de él, a sus oídos.” De una manera desconocida de él hasta en­tonces, sus ojos fueron abiertos, aun para poder contemplar al Dios de amor y misericordia. No bien exclama: “Ruégote que me muestres tu gloria,” cuando en lo más íntimo de su alma escucha la voz del Señor que le dice: “Yo haré pasar to­do mi bien delante de tu rostro, y proclamará el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para el que seré clemente.” An­tes de mucho, el Señor desciende en la nube y proclama el nombre del Señor. Entonces el pecador ve, mas no con los ojos del cuerpo, y exclama: “Jehová, Jehová fuerte, mise­ricordioso y piadoso, tardo para la ira y grande en benignidad y verdad; que guarda la misericordia en millares, que per­dona la iniquidad, la rebelión y el pecado.”
3.    Una luz celestial y consoladora inunda su corazón; ve a Aquel al cual ha traspasado y Dios, que mandó a la luz alum­brar en medio de las tinieblas, alumbra en su corazón. Ve la luz del sublime amor de Dios en la persona del Señor Jesús, tiene una evidencia divina de las cosas “que no se ven;” la conciencia de las cosas profundas de Dios; muy especialmen­te del amor de Dios, de su amor abundante en misericordia para los que creen en Jesucristo. Abrumado con semejante perspectiva, su alma exclama: “¡Señor mío y Dios mío!” porque ve todas sus iniquidades pesando sobre Aquel que en su cuerpo las llevó al madero de la cruz, al Cordero de Dios que borra sus pecados. Muy claramente discierne ahora que “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí,” que “al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” y que él mismo está reconciliado con Dios por medio de la sangre del pacto.
4.   En este punto concluyen la culpa y el poder del peca­do. Ahora puede decir: “Con Cristo estoy juntamente cruci­ficado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne (en este cuerpo mortal) lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí.” Desaparecen el remordimiento, el dolor del corazón y angustia del alma herida, pues Dios hace que su tristeza se con­vierta en gozo; concluyen la servidumbre y el temor, porque su corazón está firme, “creyendo en el Señor.” Ya no teme la ira de Dios, porque sabe que ya no pesa sobre él y ya no ve en El un Juez airado sino un Padre amante. Ya no teme al de­monio, porque sabe que éste no tiene ninguna potestad, a no ser que le sea dada “de arriba.” No teme el infierno, porque es heredero del cielo; ni la muerte que, en lo pasado y por mu­chos años, le tuvo “sujeto a servidumbre.” Por el contrario, sabiendo: “que si la casa terrestre de nuestra habitación se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos; y por esto también gemimos, deseando ser sobrevestidos de aquella nuestra habitación ce­lestial.” El gime deseando desprenderse de su habitación te­rrestre, anhelando que su mortalidad sea absorbida en “la victoria,” pues sabe que el que lo hizo para esto mismo, es Dios, el cual le ha dado “la prenda del Espíritu.”
5.   “Y donde hay el Espíritu del Señor, allí hay liber­tad;” libertado no sólo de la culpa y temor, sino del pecado: del yugo más pesado, de la más degradada servidumbre. No son en vano sus trabajos; habiendo roto la red, está libre. No sólo se esfuerza, sino que vence; no sólo pelea, sino que triun­fa; “no sirve más al pecado;” (6:6, etc.). Está muerto al pe­cado y vivo a Dios; no reina pues el pecado (ni aun) en su cuerpo mortal, ni le obedece en sus concupiscencias. Ni tam­poco presenta sus miembros “al pecado por instrumentos de iniquidad;” sino como instrumentos de justicia a Dios, porque habiendo sido libertado del pecado, es hecho siervo de la justicia.
6.   Así que, teniendo paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, regocijándose en la esperanza de la gloria de Dios, y teniendo el poder de dominar toda clase de peca­dos, deseos impuros, mal genio, malas palabras y obras, es un testimonio viviente de la gloriosa libertad de los hijos de Dios quienes, siendo partícipes de esta fe tan preciosa, testifican a una voz que han recibido “el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre.”
7.   Este es el Espíritu que constantemente en ellos “obra así el querer como el hacer por su buena voluntad;” que de­rrama en sus corazones el amor de Dios y de todo el género humano; purificándolos a la vez de los afectos mundanales, la lujuria de la carne, y la soberbia o vanidad de la vida. El los libra de la cólera y del orgullo; de todos los apetitos viles y desordenados. Están, por consiguiente, libres de palabras y obras malas, de toda impureza en su conversación y, lejos de hacer mal a sus semejantes, se muestran celosos en el de­sempeño de toda buena obra.
8.   Resumiendo: el hombre, en su condición natural no teme ni ama a Dios; bajo la ley le teme, y bajo la gracia, lo ama. En la primera condición, no tiene la menor luz respecto a las cosas de Dios, sino que anda en la más completa oscuridad; en el segundo estado, ve los reflejos del infierno, y en el tercero, la luz sublime del cielo. Quien duerme el sueño de la muerte espiritual goza de una paz falsa. Quien ha despertado no tiene paz alguna, mas el que cree tiene la verdadera paz, la paz de Dios que inunda y gobierna su corazón. Los paga­nos, ya estén o no bautizados, gozan de una libertad imagi­naria que cuando la ponen en práctica, se convierte en liberti­naje; el judío, o una persona bajo la dispensación mosaica, se encuentra bajo una servidumbre dura y pesada; el cristiano goza de la verdadera libertad gloriosa de los hijos de Dios. Un hijo del diablo que no ha despertado de su sueño, peca voluntariamente; el que ha despertado, peca contra su volun­tad; un hijo de Dios “no hace pecado,” sino que “se guarda a sí mismo, y el maligno no le toca.” En conclusión: el hom­bre, en su condición natural, no pelea ni vence; estando bajo la ley, pelea, pero no triunfa; bajo la gracia, pelea y vence: más aún, es más que vencedor “por medio de aquel que nos amó.”
IV. 1. Según se desprende de esta descripción franca de las tres condiciones del hombre: natural, legal, y evangélica, parece que no basta dividir el género humano en dos grandes clases: la una de las almas sinceras y la otra de las que no lo son. Algunos hombres pueden ser sinceros en cualquiera de estas tres condiciones; no sólo cuando tienen “el espíritu de adopción,” sino aun cuando están bajo el “espíritu de ser­vidumbre” y de temor, más aún cuando no tienen temor ni amor, porque no cabe duda de que debe haber paganos tan sinceros como los judíos y los cristianos que lo son. La cir­cunstancia, pues, de que un hombre sea sincero, no prueba que haya sido aceptado por Dios.
Examinaos a vosotros mismos para ver no sólo si sois sinceros, sino también “si estáis en fe.” Examinaos escrupu­losamente, porque en ello os va mucho, y tratad de descu­brir qué principio gobierna vuestra alma. ¿Es el amor de Dios? ¿Es su temor? ¿O ni uno ni otro? ¿No es más bien el amor al mundo, el amor de los placeres, las ganancias, las comodidades o la reputación? Si así es, no habéis llegado ni siquiera a la condición de judío. Sois como los paganos. ¿Tenéis el cielo en vuestro corazón? ¿Tenéis el espíritu de adopción cla­mando siempre en vosotros: Abba, Padre? ¿O clamáis a Dios como desde el vientre del sepulcro, abrumados de dolor y te­mor? ¿Suena este asunto en vuestros oídos como enteramen­te extraño y no podéis comprender a lo que me refiero y lo que digo? Paganos, ¡quitaos la máscara! ¡No estáis en Cris­to! ¡Descubrid vuestros rostros! ¡Ved hacia el cielo y confe­sad ante Aquel que vive para siempre, que no tenéis parte entre los hijos ni los siervos de Dios!
Quienquiera que seas, oh alma que me escuchas, dime: ¿cometes el pecado o no? Si es que pecas, ¿lo haces volunta­ria o involuntariamente? En cualquier caso que te encuentres, Dios te ha dicho ya a quién perteneces. “El que hace pecado es del diablo.” Si pecas voluntariamente, eres su siervo de tu propia voluntad, y él no dejará de recompensar tus servi­cios; si pecas contra tu voluntad, también eres su esclavo. ¡Dios te libre de sus manos!
¿Estás luchando diariamente en contra de toda clase de pecados y vences más cada día? Pues entonces te reconozco como a un hijo de Dios. Permanece firme en tu gloriosa li­bertad. ¿Estás luchando y no consigues vencer, tratando de dominar, mas sin poder conseguirlo? Entonces, aún no crees verdaderamente en Cristo; pero continúa, persevera y cono­cerás al Señor. ¿Estás sin pelear absolutamente, mas llevando una vida fácil, indolente y mundanal? ¿Cómo te atreves a pronunciar el nombre del Señor Jesús para hacerlo reproche ante los paganos? ¡Despiértate tú que duermes! ¡Clama al Se­ñor antes de hundirte en la profundidad de tu miseria!
2.   Tal vez una de las razones por la que algunos tengan de sí mismos una opinión más elevada de lo que deberían y no puedan discernir en qué condición se hallan, sea porque algunas veces, estas diferentes condiciones del alma se mezclan y, en cierto sentido, se reúnen en una misma persona. La ex­periencia nos enseña que muy frecuentemente la condición legal o estado de temor, está unido con el estado natural; por­que son muy raras las almas tan profundamente dormidas, que no despierten de cuando en cuando. Aunque el Espíri­tu de Dios no espera el llamamiento del hombre, algunas ve­ces se hace escuchar. Los llena de temor, de manera que aun­que sea por un poco de tiempo, los paganos reconocen que no son sino hombres; sienten el peso de sus pecados y anhe­lan con todo su corazón huir de la ira que vendrá. Rara vez, sin embargo, dejan que las flechas agudas de la convicción entren profundamente en sus corazones, sino que se endure­cen con presteza, rechazan la gracia de Dios y vuelven a re­volcarse en su cieno.
De la misma manera, la condición evangélica o de amor, muy a menudo está mezclada con la legal, porque muy po­cos de los que están bajo la servidumbre y temor permanecen mucho tiempo sin esperanzas. Dios en su sabiduría y mise­ricordia, rara vez permite esto, porque “acuérdase que somos polvo” y no desea que decaigan ante El el espíritu y las almas que ha criado. Por consiguiente, cuando lo cree necesario man­da rayos de su divina luz a los que están en tinieblas; los hace sentir su bondad y les demuestra que es un Dios “que oye la oración.” Ven la promesa que hay por la fe en Cristo Jesús, si bien a una gran distancia, y cobran ánimo para correr con paciencia la carrera que se les ha propuesto.
3.   Otra razón por la que muchos se engañan, es que no reflexionan debidamente hasta dónde puede ir un alma, y sin embargo, permanecer en la condición natural o cuando más, pasar el estado legal. Un hombre puede muy bien ser benévolo y compasivo, afable y atento, cortés y amable; pue­de tener cierto grado de humildad, paciencia, templanza y muchas otras virtudes; puede sentir vivos deseos de aban­donar sus vicios y de cultivar otras virtudes; tal vez se abs­tenga mucho del mal, tal vez de todo aquello que sea abiertamente contrario a la verdad, justicia y equidad; quizá haga mucho bien, alimente al hambriento, vista al desnudo, pro­teja a la viuda y al huérfano; probablemente asista con pun­tualidad a los cultos públicos, ore en secreto y lea libros de de­voción, y a pesar de todo esto, siga en su estado natural y no conozca a Dios ni se conozca a sí mismo; siendo extraño al es­píritu de amor y de temor, no habiéndose arrepentido ni creí­do al Evangelio.
Pero supongamos que a todo lo arriba expresado se aña­de una profunda convicción del pecado, con mucho temor de la ira de Dios y deseos vehementes de abandonar sus trans­gresiones y de cumplir con todos los preceptos de Dios; con movimientos frecuentes de regocijo en la esperanza e impul­sos pasajeros de amor en el alma; sin embargo, nada de esto prueba que el alma haya llegado al estado de gracia, que ten­ga una fe viva y verdadera en Cristo, a no ser que el Espíritu de adopción more en su corazón y le mueva a clamar constan­temente: “Abba, Padre.”
4.   Cuidad pues, vosotros que os llamáis con el nombre de Cristo, de merecerlo. Cuidad de no descansar, como mu­chos que se llaman buenos cristianos, en el estado natural; o, como otros, que son muy estimados de los hombres, en el es­tado legal. Mejores cosas ha preparado Dios para ti, que re­cibirás si te mueves y las buscas. No has sido llamado al te­mor y temblor como los diablos, sino al regocijo y al amor, como los ángeles de Dios. “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma y de todo tu entendimiento.” Te regocijarás siempre, orarás “sin cesar” y en todas las cosas darás gracias; harás la voluntad de Dios en la tierra como se hace en el cielo. Prueba cuán “buena, agradable y perfecta es la voluntad de Dios.” Preséntate a Dios como un sacri­ficio razonable, santo y vivo; “retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona” hasta que el Dios de paz te haga apto en toda buena obra para que hagas su voluntad, hacien­do El en ti lo que es “agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea gloria por siglos de siglos. Amén.”
PREGUNTAS SOBRE EL SERMON IX
1.  (¶ 1). ¿A quién se refiere Pablo en las palabras del texto? 2. (¶ 2). ¿Qué se dice del espíritu de servidumbre y de temor? 3. (¶ 3). ¿Tienen todos los hombres siquiera este espíritu? 4. (¶ 4). ¿De qué modo amonesta a sus oyentes? 5. (¶ 5). ¿Qué nombre dan las Sagradas Escrituras a las personas que no tienen temor ni amor? 6. (I. 1). ¿Qué se dice del hombre en su estado natural? 7. (I. 2). ¿Qué estado guarda al dormir en el pecado? 8. (I. 3). ¿Se conoce a sí mismo? 9. (I. 4). ¿Qué se dice de los sabios? 10. (I. 5). ¿Siente algunas veces cierta clase de gozo? 11. (I. 6). ¿Qué se dice de su libertad? 12. (I. 7). ¿Siente que sus pecados lo con­denan? 13. (I. 8). ¿Qué extremos se mencionan en esta clase de hombres? 14. (II. 1). ¿De qué manera despierta? 15. (II. 2). ¿Qué efecto tiene en­tonces la ley de Dios? 16. (II. 3). ¿Cómo se ve a sí mismo? 17. (II. 4). ¿Se cree digno de condenación? 18. (II. 5). ¿Qué cosa fenece en su ex­periencia? 19. (II. 6). ¿Qué se dice de su espíritu agobiado? 20. (II. 7). ¿Qué influencia tiene esto en su vida? 21. (II. 8). ¿Qué resultado tiene esta lucha? 22. (II. 9). ¿Cómo la describe el apóstol? ¿Describe el ca­pítulo 7 a los Romanos a un hombre que ha despertado, pero quien aún no está convertido? Respuesta. Tal es la enseñanza del señor Wesley. 23. (III. 1). ¿De qué manera y cuándo concluye semejante yugo? 24. (III. 2). ¿Qué sucede después de que sus ojos quedan abiertos? 25. (III. 3). ¿Qué cosa ve entonces? 26. (III. 4). ¿Qué consecuencia se menciona aquí? 27. (III. 5). ¿Qué se dice de su libertad? 28. (III. 6). ¿Qué se sigue de la conciencia de tener paz con Dios? 29. (III. 7). ¿Quién produce semejantes resultados y de qué manera? 30. (III. 8). ¿Qué resumen se da aquí? 31. (IV. 1). ¿Que se dice de las tres condiciones del hombre? (IV. 2). ¿Por qué razón se estiman tanto algunos hombres a sí mismos? 33. (IV. 3). ¿Por qué otra razón? 34. (IV. 4). ¿Cómo concluye este sermón?

EL CRISTIANISMO SEGUN LAS SAGRADAS ESCRITURAS (SERMON IV)

JUAN WESLEY REFORMADOR INGLES
Y todos fueron llenos del Espíritu Santo (Hechos 4:31).
1.    Ocurre la misma frase en el capítulo segundo, donde se lee: “Y como se cumplieron los días de Pentecostés, esta­ban todos unánimes juntos,” los apóstoles, las mujeres, la madre y los hermanos de Jesús. “Y de repente vino un es­truendo del cielo como de un viento recio que corría...Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asen­tó sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo,” siendo uno de los efectos inmediatos: que “comen­zaron a hablar en otras lenguas,” de manera que los partos y medos y elamitas y otros extranjeros que se juntaron, he­cho este estruendo, “estaban confusos, porque cada uno les oía hablar” en su propia lengua las maravillas de Dios (He­chos 2: 1-6).
2.    Leemos en este capítulo que habiendo estado los após­toles y hermanos orando, “el lugar en que estaban congrega­dos tembló, y todos fueron llenos del Espíritu Santo.” No en­contramos en esta ocasión, ninguna señal visible semejante a la anterior; ni se nos dice que los dones extraordinarios del Espíritu Santo fuesen dados a todos o a algunos de los apósto­les—tales como los dones de sanidades, operaciones de mila­gros, de profecía, discernimiento de espíritus, géneros de len­guas o interpretación de lenguas (1 Corintios 12: 9, 10).
3.  Si estos dones del Espíritu Santo habían de perma­necer en la Iglesia a través de las edades, y si serán devuel­tos o no, al aproximarse la restitución de “todas las cosas,” son asuntos que no nos atañe decidir. Necesario es, sin em­bargo, hacer observar: que Dios repartió con mesura estos dones, aun en la época cuando la Iglesia estaba en su infan­cia. ¿Eran todos, entonces, profetas? ¿Obraban todos milagros? ¿Tenían todos el don de curar? ¿Hablaban todos di­versas lenguas? Ciertamente que no. Tal vez no había ni uno por cada mil personas que poseyera alguno de estos dones, y probablemente sólo unos cuantos de los maestros en la Igle­sia los hayan tenido (1 Corintios 12:28-30). Sin duda que pa­ra un fin todavía más excelente, ‘todos fueron llenos del Es­píritu Santo.”
4.   Era para darles algo, que nadie puede negar ser esen­cial a los cristianos de todas épocas, es decir: la mente que es­taba en Cristo, esos frutos santos del Espíritu sin los cuales nin­guno puede decir que pertenece a los de su número; para lle­narlos de “caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-24); para for­talecerlos con fe, o mejor dicho, fidelidad, humildad y tem­planza; para ayudarlos a crucificar la carne con sus afectos y concupiscencias; para poder, en virtud de ese cambio inte­rior, satisfacer toda santidad exterior; para andar como Cris­to también anduvo en la obra de la fe, el trabajo del amor y la tolerancia de la esperanza (1 Tesalonicenses 1:3).
5.   Sin detenernos, pues, en la especulación árida e in­útil respecto a estos dones extraordinarios del Espíritu, pase­mos a examinar con esmero: los frutos ordinarios que, se nos asegura, deben permanecer durante todas las edades; esa obra de Dios entre los hijos de los hombres que se expresa con la palabra “cristianismo,” significando no una serie de opinio­nes o un sistema de doctrinas, sino refiriéndose a los corazo­nes y las vidas de los hombres.
Muy útil nos será el considerar este cristianismo desde tres puntos de vista distintos:
I.    Su principio en el corazón del hombre.
II.    Su desarrollo de un individuo a otro.
III.     Su dominio de la tierra.
Es mi intención concluir estas observaciones con una aplicación práctica y sencilla.
I.    1. Consideremos, en primer lugar, el cristianismo en su principio, su nacimiento en el corazón del individuo.
Supongamos que una de aquellas personas que oyeron al apóstol Pedro predicar el arrepentimiento y la remisión de los pecados, se siente conmovida en su corazón, persuadida de su pecado y se arrepiente, y cree en el Señor Jesús. Por me­dio de esta fe en el poder de Dios, fe que es “la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven” (Hebreos 11: 1), esa persona recibe instantáneamente el espíritu de adopción “por el cual clamamos Abba, Padre” (Romanos 8:15). Entonces por primera vez, por medio del Es­píritu Santo, puede llamar a Jesús Señor (I Corintios 12:3), porque el mismo Espíritu da testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios (Romanos 8:16), y puede decir con verdad: “Vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).
2.   Esta fue, por consiguiente, la esencia de su fe, la di­vina “evidencia” o “persuasión,” como dice el griego, que tu­vo del amor de Dios el Padre, por medio de Dios el Hijo, para él un pecador, pero que ahora es aceptado en el Amado; pues estando justificado por la fe, tiene paz para con Dios (Romanos 5:1); la paz de Dios que gobierna su corazón; esa paz que sobrepuja a todo entendimiento y que guarda su corazón y mente de toda duda y temor, por medio del conocimiento de Aquel en quien ha creído. No teme ningún mal porque “su corazón está firme” creyendo en el Señor; ni lo que los hom­bres puedan hacerle, pues sabe que aun “los cabellos de vues­tra cabeza están todos contados;” ni los poderes de las tinieblas que Jesús constantemente holla bajo sus plantas; ni morir. Antes tiene deseo de ser desatado y estar con Cristo (Fili­penses 1:23), quien “también participó de lo mismo, para des­truir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo; y librar a los que por el temor de la muer­te estaban por toda la vida,” hasta entonces, “sujetos a ser­vidumbre” (Hebreos 2: 14, 15).
3.   Su alma, por consiguiente, magnifica al Señor y su espíritu se regocija en Dios su Salvador. Se regocija en El “con muy grande gozo,” porque lo ha reconciliado con Dios el Padre y en El tiene redención por su sangre, “la remisión de pecados.” Se regocija de tener el testimonio del Espíritu en su espíritu de que es hijo de Dios y más abundantemente, en la esperanza de la gloria de Dios; de la sublime imagen de Dios, y de la renovación completa de su alma en la santidad y verdadera justicia, anticipando esa corona de gloria, esa “he­rencia incorruptible, y que no puede contaminarse ni mar­chitarse.”
4.   “El amor de Dios está derramado en nuestros corazo­nes por el Espíritu Santo que nos es dado” (Romanos 5:5); “por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en vuestros corazones el cual clama: Abba, Padre” (Gálatas 4:6). Y ese amor filial que tiene a Dios, aumenta constantemen­te por razón del testimonio que en sí mismo tiene del amor que ha impulsado a Dios a perdonarlo, y mira cuál amor le ha dado el Padre, que sea llamado hijo de Dios (I Juan 3:1). De manera que es Dios el deseo de sus ojos, el deleite de su al­ma, su herencia en este tiempo y en la eternidad.
5.   Quien de esta manera ha amado a Dios, no puede si­no amar a su hermano también y esto “no de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad.” “Si Dios así nos ha amado,” dice, “debemos también nosotros amarnos unos a otros” (I Juan 4:11) y a toda criatura, pues las misericordias de Je­hová son sobre todas sus obras (Salmos 145:9). De acuerdo con esto, los afectos de esta alma amante de Dios tienen por objeto todo el género humano, sin exceptuar a aquellos a quie­nes jamás ha visto en la carne o de quienes no sabe otra cosa sino que son criaturas de Dios, por cuyas almas murió el Hijo de Dios; ni a los “malos” o los “ingratos” y mucho menos a sus enemigos: aquellos que lo aborrecen, persiguen o injurian por causa del Maestro. Para éstos tiene en su corazón un lu­gar especial, se acuerda de ellos en sus oraciones y los ama aun como Cristo nos amó a nosotros.
6.   Y la “caridad...no se ensancha” (I Corintios 13:4). Humilla hasta el polvo a las almas donde habita. Por consi­guiente, la persona de quien venimos hablando, es, en su propia opinión, pequeña, despreciable y vil. No busca ni recibe las alabanzas de los hombres, sino sólo la que viene de Dios; es humilde y paciente, amable con todos y compasiva; la fideli­dad y la verdad son siempre sus compañeras. Por medio del Espíritu Santo ha conseguido ser moderada en todas las cosas, conteniendo su alma de todo exceso como a una criatura; ha sido crucificada al mundo, y el mundo a sí; es superior a “la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida.” El mismo amor omnipotente le salvó de las pasiones y del orgullo, de la lascivia y la vanidad de la am­bición; de la avaricia, y de toda disposición adversa al Se­ñor Jesucristo.
7.   Muy natural es creer que quien tiene este amor en su corazón no puede hacer mal a su prójimo, sino que le es imposible causar a sabiendas daño a ninguno. Muy lejos está de ser cruel o injusto, de cometer cualquiera acción inicua o depravada, mas al contrario, ha puesto guarda a su boca y guarda la puerta de sus labios, por temor de ofender de palabra en contra de la justicia, la misericordia o la verdad. Ha desterrado de sí toda mentira, falsedad y fraude, y de sus la­bios toda apariencia de engaño; no habla mal de ninguna per­sona ni pronuncia jamás palabras duras.
8. Profundamente convencido de aquella verdad que el Señor Jesús emitió: “Sin mí nada podéis hacer” y, por consi­guiente, de la necesidad que tiene del auxilio continuo de Dios, usa diariamente de las instituciones del Señor—los medios es­tablecidos para comunicar su gracia a los hombres—“en la doctrina de los apóstoles,” recibiendo el alimento del alma con toda sencillez de corazón; en el “partimiento del pan,” que para él es la comunión del cuerpo de Cristo, y en oracio­nes y alabanzas en la gran congregación. De esta manera, dia­riamente crece “en la gracia,” aumenta en fuerza y en el co­nocimiento y amor de Dios.
9. Mas no le satisface abstenerse de hacer el mal, sino que su alma está sedienta del bien. La expresión continua de su corazón es: “Mi Padre hasta ahora obra y yo obro;” mi Se­ñor anduvo haciendo el bien y debo seguir su ejemplo. Siem­pre que se presenta la oportunidad y cuando no puede hacer otro bien mayor, alimenta al pobre, viste al desnudo, protege a los huérfanos o a los extranjeros, visita y ayuda a los en­fermos y a los presos. Ha dado todos sus bienes para susten­tar a los pobres, se regocija en trabajar o sufrir por ellos, y está siempre listo a “negarse a sí mismo” en beneficio de otros. Nada es para él demasiado valioso para dárselo a los pobres, puesto que recuerda las palabras del Señor: “De cierto os digo, que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis” (Mateo 25: 40).
10.  Tal era el cristianismo de aquella época; tal el cris­tiano de aquellos tiempos; tal era cada uno de aquellos que, habiendo oído las amenazas de los sacerdotes y los ancianos, alzaron unánimes la voz a Dios y fueron todos llenos del Es­píritu Santo. “La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma” pues de tal manera el amor de Aquel en quien habían creído los indujo a amarse mutuamente; “y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía, mas todas las cosas les eran comunes,” tan plenamente se habían crucifi­cado para el mundo y el mundo para ellos. “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, y en el par­timiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42). “Y gran gracia era en todos ellos, que ningún necesitado había entre ellos; porque todos los que poseían heredades o casas, vendiéndolas traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y era repartido a cada uno según que había menester” (Hechos 4: 33-35).
II.    1. Pasemos, en segundo lugar, a considerar este cris­tianismo en su desarrollo de una persona a otra, y al exten­derse gradualmente por toda la tierra, porque tal fue la vo­luntad de Dios, quien no enciende la vela para ponerla “de­bajo de un almud, mas sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.” Así lo había declarado nuestro Señor a sus primeros discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra;” “la luz del mundo;” al mismo tiempo que les daba aquel man­dato: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Pa­dre que está en los cielos” (Mateo 5: 13-16).
2. Y si unos cuantos de esos amantes del género huma­no vieron el mundo entero sumergido en el vicio y el crimen, ¿podemos suponer por un momento que hayan contemplado con indiferencia la miseria de aquellos por quienes su Señor murió? ¿No se conmoverían sus entrañas y se estremecerían sus corazones en presencia de tanto mal? ¿Habrían podido permanecer indiferentes y ociosos aun cuando no hubiesen recibido mandamiento alguno de Aquel a quien amaban? ¿No habrían trabajado por todos los medios posibles para librar algunos de estos tizones del incendio? Indudablemente que habrían hecho esfuerzos inauditos por rescatar algunas de aquellas “ovejas descarriadas” para traerlas “al Pastor y Obis­po de vuestras almas” (I Pedro 2: 25).
3. Así lo hacían los cristianos de aquellos tiempos; tra­bajaban y siempre que tenían la oportunidad, hacían bien “a todos” (Gálatas 6: 10), amonestándolos a huir inmediatamente de la ira que ha de venir; a salvarse de la condenación del infierno. Declaraban que “Dios, habiendo disimulado los tiem­pos de esta ignorancia, ahora denuncia a todos los hombres en todos los lugares que se arrepientan” (Hechos 17: 30). Cla­maban en alta voz: “Convertíos y volveos de todas vuestras iniquidades; y no os será la iniquidad causa de ruina” (Eze­quiel 19: 30). “Disertaban” entre ellos de “justicia y de con­tinencia,” de esas virtudes tan opuestas a sus pecados más comunes; y “del juicio venidero,” de esa ira de Dios que con­denará a todos los que obran la iniquidad, en el día terrible del juicio (Hechos 24: 25).
4. Procuraron hablar a cada hombre en particular y conforme a sus necesidades. A los que no se cuidaban de su con­dición espiritual y permanecían en la oscuridad y en la som­bra de muerte, los amonestaban con toda energía diciéndoles: “Despiértate tú que duermes y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo;” pero a los que ya se habían despertado y sentían la ira de Dios sobre sí, les decían: Tenemos un Abo­gado para con el Padre; “él es la propiciación por nuestros pecados.” Al mismo tiempo, estimulaban a aquellos que creían, al amor y a las buenas obras; a continuar haciendo el bien y a abundar más y más en aquella “santidad, sin la cual na­die verá al Señor” (Hebreos 12:14).
5. Y su trabajo en el Señor no fue en vano. Su palabra se diseminó y fue glorificada. Se desarrolló maravillosamente y prevaleció. Las ofensas, por otra parte, prevalecieron tam­bién. El mundo en general se escandalizó de ellos porque dieron testimonio de que sus obras eran malas (Juan 7:7). Los hombres del mundo se escandalizaron no solamente porque estos hombres reprobaban hasta sus propios pensamientos, pues decían: “Estos hombres profesan conocer a Dios; se lla­man hijos de Dios; sus vidas no son como las vidas que otros hombres llevan; sus costumbres son diferentes y se abstienen de las nuestras como de contaminación y hacen alarde de que Dios es su Padre” (Libro de la Sabiduría 2:13-16)[2]; sino por­que muchos de sus compañeros se convertían y ya no corrían con ellos en el mismo desenfrenamiento de disolución (I Pe­dro 4:4). Se escandalizaron los hombres de reputación por­que a medida que el Evangelio se extendía, perdían en la opi­nión pública y porque muchos dejaron de adularlos y de pa­garles el homenaje que sólo a Dios es debido. Los trafican­tes se reunían y decían: “Varones, sabéis que de este oficio tenemos ganancia, y veis y oís que este Pablo...ha aparta­do muchas gentes con persuasión, de manera que nuestro negocio está en peligro de volvérsenos en reproche” (Hechos 19:25). Sobre todo, los hombres de religión, así llamada, de la religión exterior, “los santos del mundo,” se escandaliza­ron y siempre que había oportunidad, exclamaban: “¡Varones israelitas, ayudad! Este es el hombre que por todas partes en­seña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar” y “Hemos hallado que este hombre es una plaga, y promotor de sedicio­nes entre todos los judíos, y cabecilla de la secta de los naza­renos” (Hechos 21:28 y 25:5).
6. Así es que el cielo se nubló y la tempestad empezó a rugir; porque mientras más se desarrollaba el cristianismo, más perjuicios se hacían por aquellos que no lo aceptaban; y el número de aquellos que se enfurecían aumentaba, y ru­gían en contra de los que alborotaban el mundo (Hechos 17:6). De manera que más y más de ellos gritaban: Quitad de la tierra a tales hombres, porque no conviene que vivan, y creían muy firmemente que cualquiera que los matase hacía un servicio a Dios.
7. Mientras tanto, no dejaron de desechar su nombre como malo (Lucas 6: 22) de manera que esta secta era en “todos lugares contradicha” (Hechos 28:22). Decían de ellos todo mal como de los profetas que vinieron antes de ellos (Mateo 5:12). Y todo lo que cualquiera afirmaba, los demás lo creían, de manera que sus ofensas aumentaron hasta ser como la multitud de las estrellas del cielo. Y cuando hubo lle­gado el tiempo que el Padre había señalado, se levantó la per­secución en toda forma. Algunos sufrieron por algún tiempo el reproche y los vituperios; otros el robo de sus bienes, otros “burlas y azotes;” otros “prisiones y cadenas;” y otros resis­tieron “hasta la sangre” (Hebreos 10: 34; 12:4).
8. Fue entonces cuando las columnas del infierno se es­tremecieron y el reino de Dios se extendió por todas partes. En todos lugares los pecadores se convertían de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás al de Dios. El Señor dio a sus hijos tal boca y tal sabiduría que sus enemigos no los pudie­ron resistir; y sus vidas ejercían tanta influencia como sus palabras. Pero ni sus palabras ni sus vidas ejemplares habla­ron al mundo con tanta elocuencia como sus padecimientos. Probaron que eran los siervos de Dios por su paciencia, tri­bulaciones, necesidades, angustias, los azotes que recibieron, las prisiones, alborotos, trabajos, vigilias, ayunos que pasa­ron, peligros en la mar, en el desierto, en trabajo y fatiga, en muchas vigilias, en hambre y sed, en frío y desnudez (II Co­rintios 6:4; 11:26, etc.). Y después de haber peleado la buena batalla, cuando fueron llevados como ovejas al matadero y ofrecidos sobre el sacrificio y servicio de su fe, la sangre de cada uno de ellos clamó como si fuera una voz y los paga­nos tuvieron que confesar que aun estando muertos esos hom­bres todavía hablaban.
De esta manera se extendió el cristianismo por toda la tierra. Mas ¡qué pronto apareció la cizaña entre el trigo, y el misterio de la iniquidad junto al misterio de Justicia! ¡Cuán pronto encontró Satanás un asiento aun en el templo de Dios, de manera que la mujer tuvo que huir por el cami­no del desierto, y los fieles fueron otra vez menoscabados de entre los hijos de los hombres! Cuestión muy trillada es esta, porque corrupción progresiva de las generaciones posterio­res ha sido, de tiempo en tiempo, descrita in extenso por los siervos que Dios levantó para manifestar que El fundó su Iglesia sobre la roca, y que “las puertas del infierno no pre­valecerán contra ella” (Mateo 16:18).
III.  1. Y ¿no veremos cosas aún más asombrosas que éstas? Y más admirables de las que han acontecido desde el principio del mundo. ¿Podrá acaso Satanás hacer que falle la verdad de Dios y que sus promesas no tengan cumplimien­to? Si no puede conseguirlo, el día llegará cuando el cristia­nismo prevalecerá sobre todo y cubrirá la tierra por entero. Detengámonos un momento y echemos una mirada hacia esta extraña y prometida perspectiva: la de un mundo cristiano. “De la cual salud los profetas que profetizaron de la gracia que había de venir a vosotros, han inquirido, y diligentemente buscado” (I Pedro 1:10, 11). “Y acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Je­hová por cabeza de los montes; y será ensalzado sobre los co­llados; y correrán a él todas las gentes...Y volverán sus es­padas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces. No alzará espa­da gente contra gente, ni se ensayarán más para la guerra” (Isaías 2: 2-4). “Y acontecerá en aquel tiempo, que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será bus­cada de las gentes: y su holganza será gloria...Y levantará pendón a las gentes, y juntará los desterrados de Israel, y reu­nirá los esparcidos de Judá de los cuatro cantones de la tierra” (Isaías 11: 10-12). “Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia do­méstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas...No harán mal, ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será lle­na del conocimiento de Jehová, como cubren la mar las aguas” (Isaías 11: 6-9).
2.    El mismo significado tienen las palabras del santo Apóstol, cuyo cumplimiento no ha tenido lugar todavía. “¿Ha desechado Dios a su pueblo?...En ninguna manera; mas por el tropiezo de ellos vino la salud a los Gentiles...y si la falta de ellos es la riqueza del mundo, y el menoscabo de ellos la riqueza de los Gentiles, ¿cuánto más el henchimiento de ellos?...Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este mis­terio, para que no seáis acerca de vosotros mismos arrogan­tes; que el endurecimiento en parte ha acontecido en Israel, hasta que haya entrado la plenitud de los Gentiles: y luego todo Israel será salvo” (Romanos :11: 1, 11, 12, 25, 26).
3.    Supongamos que el tiempo ha llegado y que las profe­cías se cumplen. ¡Qué espectáculo tan sublime! Todo es “paz, reposo y seguridad para siempre.” No se escucha el estruendo de las armas, la confusión de las voces ni se ven vestiduras manchadas de sangre. “Nunca más se oirá violencia;” las gue­rras concluirán para siempre, ni habrá disturbios internos en los países; los hermanos no se levantarán en guerras fratri­cidas; no habrá naciones ni ciudades divididas y destruyén­dose a sí mismas. Las discordias civiles habrán concluido pa­ra siempre y no habrá ya quien pretenda la destrucción de sus semejantes. Ya no habrá opresión que enfurezca hasta al hombre más prudente, ni extorsión que arruine a los po­bres, robos ni hurtos, estafas ni injusticias, porque todos es­tarán contentos con lo que poseen. “La justicia y la paz se han besado” (Salmos 85: 10); han echado raíces y llenado la na­ción. “La verdad brotará de la tierra; y la justicia mirará des­de los cielos.”
4.    Y en compañía de la santidad y justicia, se encuen­tra siempre la misericordia. Ya no está la tierra llena de habita­ciones de crueldad; puesto que el Señor ha destruido a los hombres sanguinarios, envidiosos y vengativos. Si hubiese al­guna provocación no existe quien la resienta y devuelva mal por mal; no, ni un solo individuo, porque todos se han vuelto tan pacíficos como la paloma. Llenos de paz y tranqui­lidad por la fe, unidos en un solo cuerpo por un mismo espí­ritu, todos los hombres se aman como hermanos y están uni­dos como si no hubiese más que un corazón y un alma. Nin­guno dice: “esto que poseo es mío;” a nadie le falta nada, por­que todos aman a sus prójimos como a sí mismos y se guían por aquella ley: “Así que todas las cosas que quisiereis que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced voso­tros con ellos.”
5.    De esto se sigue, que ninguna palabra dura se escu­cha entre ellos, ninguna contención, murmuración ni difamación, porque cada cual “abre su boca con sabiduría; y la ley de clemencia está en su lengua.” Incapaces asimismo son del fraude o del engaño; su amor no es fingido; sus palabras ex­presan siempre con toda fidelidad sus pensamientos y llevan el corazón tan limpio, que si alguno pudiera mirar en él, en­contraría a Dios y al amor.
6.    Así es que cuando el Señor usa de su omnipotencia y domina, “somete todas las cosas a sí mismo,” hace que todos los corazones rebosen en amor, y que de las bocas broten ala­banzas a borbotones. “Bienaventurado el pueblo que tiene esto: bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová” (Sal­mos 144:15). “Levántate, resplandece; que ha venido tu lum­brera, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti...y conocerás que yo Jehová soy el Salvador tuyo, y Redentor tuyo, el Fuer­te de Jacob...Pondré paz por tu tributo y justicia por tus exactores; nunca más se oirá en tu tierra violencia, destruc­ción ni quebrantamiento en tus términos: mas a tus muros llamarás Salud, y a tus puertas Alabanza...Y tu pueblo, to­dos ellos serán justos; para siempre heredarán la tierra, renue­vos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme. El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que Jehová te será por luz per­petua y el Dios tuyo por tu gloria” (Isaías 60: 1, 16-19, 21).
IV.  Habiendo pues considerado el cristianismo en su na­cimiento, su desarrollo y su extensión por toda la tierra, rés­tame tan sólo concluir el asunto con una sencilla y práctica aplicación.
1.    En primer lugar, pregunto: ¿Dónde existe este cris­tianismo hoy día? ¿Dónde viven los cristianos? ¿Qué país es ese cuyos habitantes están todos llenos del Espíritu Santo, perfectamente unidos, y no permiten que ninguno carezca de lo necesario, sino que a todos dan lo que han menester? ¿Quié­nes, impulsados por el amor de Dios que tienen en sus corazo­nes, aman a sus semejantes como a sí mismos; que “vestidos de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia,” no ofenden de palabra ni de obra en contra de la justicia, misericordia o verdad, sino que en todo tratan a los demás hombres como ellos quisieran ser tratados? ¿Tenemos razón de llamar cristiana a una nación donde no se encuentran habitantes como los que acabamos de describir? Confesémoslo con toda franqueza que hasta hoy día no hemos visto un solo país verdaderamente cristiano.
2.    Os suplico, hermanos, por el amor de Dios, que si me tenéis por un fanático o un loco, aun a pesar de eso, me escu­chéis con paciencia. Es muy necesario que alguien os hable con mucha franqueza y especialmente necesario ahora mismo, porque ¿quién os asegura que tendréis otras oportunidades de escuchar? ¿Quién sabe a qué hora el justo Juez dirá: No me supliquéis en favor de este pueblo; aunque Noé, Daniel y Job estuvieren en esta tierra, no salvarían sino a sus almas? ¿Quién se permitirá hablar con tanta franqueza, si yo no lo hago? Por consiguiente, me he decidido y hablaré. Os conjuro por el Dios viviente que no os opongáis a recibir una bendición por medio de mi humilde persona, ni digáis en vuestros co­razones: “Non persuadebis, etiomsi persuaseris”[3] o en otras palabras: “Señor, no mandes a quien quieres mandar; mejor quiero perecer que ser salvo por medio de este hombre.”
3     Hermanos, “espero mejores cosas de vosotros, aun­que hablo así.” Permitidme, por consiguiente, que os pre­gunte en espíritu de amor y humildad: ¿Es esta ciudad cris­tiana? ¿Se encuentra aquí el cristianismo de las Sagradas Es­crituras? ¿Se nos considera como una comunidad de hombres “llenos del Espíritu Santo” que tienen en sus corazones y de­muestran en sus vidas los frutos de ese Espíritu? ¿Son todos los dignatarios, jefes y gobernadores de los colegios y depar­tamentos, sin mencionar a los habitantes de la ciudad, “de un corazón y un alma”? ¿Está derramado el amor de Dios en nuestros corazones? ¿Tenemos el mismo genio que El tenía? ¿Y son nuestras vidas conformes a dicho genio? ¿Somos san­tos en toda conversación como Aquel que nos ha llamado es santo?
4. Os suplico toméis en consideración que no estamos discutiendo ningún asunto dudoso, respecto del cual pudiera haber distintas opiniones; sino que esta es una cuestión fun­damental y establecida del cristianismo, para decidir la cual, apelo a vuestra conciencia, guiada por la Palabra de Dios. Aquel pues, a quien su corazón no condene, que vaya en paz.
5. En el temor y en presencia del Dios Infinito, ante quien hemos todos de comparecer, pregunto a los que sobre nosotros tenéis autoridad, y a quienes respeto por razón de vuestra dignidad: ¿Estáis llenos del Espíritu Santo? ¿Sois representantes dignos de Aquel que os ha enviado? “Yo dije: Dioses sois.” Vosotros magistrados y autoridades, sois, por razón de vuestro oficio, aliados del Dios de los cielos. En Vuestros puestos y empleos debéis mostrarnos al Señor nues­tro Gobernador. ¿Son todos los deseos de vuestros corazones, vuestros pensamientos e ideas, dignos de vuestros altos puestos? ¿Se asemejan todas vuestras palabras a las que pro­ceden de los labios de Dios? ¿Existe en todas vuestras accio­nes dignidad y amor, esa grandeza que no se puede expresar con palabras y que sólo emana de los corazones donde reina Dios y que es, sin embargo, consecuente con el carácter del hombre que es gusano y el hijo del hombre también gusano?
6. Vosotros, venerables maestros, cuya elevada misión es formar las mentes de los jóvenes, desterrar las tinieblas de la ignorancia y el error, y preparar a la juventud para su salvación, ¿estáis llenos del Espíritu Santo? ¿Tenéis todos los frutos de ese Espíritu, tan necesarios e indispensables en el desempeño de vuestras elevadas obligaciones? ¿Habéis con­sagrado a Dios vuestros corazones por completo? ¿Estáis pro­curando con amor y celo establecer su reino sobre la tierra? ¿Enseñáis a los que están a vuestro cargo, que el verdadero objeto de todos sus estudios es conocer, amar y servir al único y verdadero Dios, y a Jesucristo a quien El ha enviado? ¿Les inculcáis día a día que el amor es lo único que no perece mien­tras que el conocimiento de las lenguas y la ciencia de la filo­sofía desaparecerán, y que sin la caridad, toda sabiduría no es sino crasa ignorancia, vana pompa y “aflicción de espíritu”? ¿Hay en todo lo que enseñáis la tendencia al amor de Dios y a todo el género humano por amor de El? ¿Pensáis en esto al prescribir los estudios que han de emprender, anhelando que en cualquiera vocación que les toque a estos futuros solda­dos de Cristo, lleguen a ser luces que alumbren a los hombres y honren en todas las cosas el Evangelio de Jesucristo? Y per­mitidme que os pregunte: ¿Desempeñáis con todas vuestras fuerzas el gran trabajo que habéis emprendido? ¿Ejercitáis en el cumplimiento de vuestros deberes, todas las facultades de vuestra alma, usando todo el talento que Dios os ha dado y hasta más no poder?
7. No se crea que estoy hablando como si creyera que todos vuestros discípulos intentan dedicarse al ministerio. De ninguna manera: hablo sólo en la inteligencia de que todos deben ser cristianos. ¿Qué ejemplo les estamos dando noso­tros que gozamos de la beneficencia de nuestros antepasados? Vosotros pasantes, graduados, ayudantes, especialmente los que tenéis algún grado o eminencia, ¿abundáis en los frutos del Espíritu, en humildad, abnegación, mortificación, serie­dad, y serenidad de espíritu; en paciencia, mansedumbre, so­briedad, templanza; y por otra parte, os esforzáis en hacer bien a todos los hombres, en aliviar las necesidades exteriores y encaminar sus almas al verdadero conocimiento y amor de Dios? ¿Es este, por lo general, el carácter de los pasantes en los diferentes colegios? Temo que no lo sea. Por el contrario, ¿no nos echan en cara nuestros enemigos, y tal vez los que no lo son, a quienes no falta para ello la razón, que el orgullo y la soberbia de espíritu, la impaciencia e inquietud, la morosi­dad e indolencia, la gula y la sensualidad, prevalecen entre nosotros y que por lo general para nada servimos? ¡Oh plu­guiese a Dios borrar este reproche de nuestra historia y que hasta su memoria pereciese para siempre!
8. Muchos de nosotros, que hemos sido llamados a ser sus ministros, estamos más especialmente consagrados al ser­vicio de Dios. ¿Somos, pues, dechados de los demás “en pala­bra, en conversación, en caridad, en espíritu, en fe, en lim­pieza”? (I Timoteo 4:12). ¿Llevamos escrito en nuestras fren­tes y en nuestros corazones “Santidad al Señor”? ¿Qué mo­tivos nos impulsaron a ingresar al santo ministerio? ¿Tuvimos la persuasión de hallarnos movidos por el Espíritu Santo pa­ra tomar sobre nosotros este cargo y ministerio, con el fin de promover su gloria y para la edificación de su pueblo, y esta­mos decididos a entregarnos por completo y “con el auxilio de Dios a este santo oficio”? ¿Hemos abandonado, hasta don­de es posible, todos los cuidados y estudios mundanos? ¿Nos hemos consagrado exclusivamente a este bendito trabajo, su­bordinando a él todos nuestros esfuerzos y estudios? ¿Reci­bimos nuestra enseñanza de Dios a fin de poder enseñar a otros? ¿Conocemos a Dios? ¿Conocemos al Señor Jesús? ¿Ha revelado Dios a su Hijo en nosotros? ¿Nos ha hecho minis­tros suficientes del Nuevo Pacto? ¿Dónde está, pues, el se­llo de nuestro apostolado? ¿Qué personas muertas en peca­dos y transgresiones han resucitado por nuestra palabra? ¿Te­nernos deseos ardientes de salvar a las almas de la muerte eterna, de manera que nos olvidamos hasta de nuestra comi­da y bebida? ¿Hablamos claramente “por manifestación de la verdad encomendándonos a nosotros mismos a toda concien­cia humana delante de Dios”? (II Corintios 4:2). ¿Estamos muertos para el mundo y las cosas del mundo y hacemos te­soros en el cielo? ¿Nos enseñoreamos sobre la heredad del Señor, o somos los últimos siervos de todos los hermanos? ¿Se nos hace pesado el sufrir reproches por causa de Cristo o nos regocijamos por ello? Si nos pegasen en la mejilla, ¿lo resentiríamos? ¿Sufrimos los insultos con impaciencia, o volvemos la otra mejilla? ¿Resistimos el mal y lo vencemos con el bien? ¿Tenemos un celo apasionado y fanático que nos ha­ce aborrecer a los que no piensan como nosotros, o estamos dominados por el amor que nos hace hablar con mansedum­bre, humildad y sabiduría?
9.    Más aún: ¿qué diremos respecto de la juventud que en este lugar se educa? ¿Tenéis la forma o el poder de la san­tidad cristiana? ¿Sois dóciles, humildes, aplicados o desobe­dientes, soberbios y voluntariosos? ¿Obedecéis a vuestros su­periores como si fueran vuestros mismos padres, o despreciáis a los que deberíais reverenciar? ¿Sois diligentes en vuestras fáciles ocupaciones, prosiguiendo vuestros estudios con toda fidelidad? ¿Redimís el tiempo, llevando a cabo durante el día todo el trabajo que podéis, o tenéis la conciencia de estar día a día desperdiciando los años, ya leyendo libros que en nada tienden a robustecer vuestras creencias, ya jugando o en tantas otras cosas? ¿Manejáis vuestro dinero mejor de lo que empleáis vuestro tiempo? ¿Procuráis como regla general no deber nada a ninguno? ¿ Os acordáis del día del Señor para guardarlo; para alabar a Dios? Cuando váis al templo ¿tenéis la conciencia de que Dios está allí y os portáis como si vieseis al Invisible? ¿Sabéis poseer vuestros cuerpos en santidad y honra? ¿Se encuentra entre vosotros la embriaguez y la co­rrupción? ¿No hay algunos que hasta “se glorían en su ver­güenza”? ¿No hay muchos entre vosotros que toman el nom­bre de Dios en vano, tal vez ya por hábito, sin el menor re­mordimiento ni temor? ¿No sois muchos de vosotros perju­ros? Mucho me temo que de éstos haya una multitud que rá­pidamente crece. No os sorprendáis, hermanos míos. Ante Dios y esta congregación, confieso que he sido del número, que juré solemnemente cumplir con muchas cosas que no com­prendía y con estatutos que ni siquiera me tomé el trabajo de leer sino hasta mucho después. ¿No es esto perjurio? Y si lo es, qué gran responsabilidad, qué gran pecado pesa sobre no­sotros. ¿Qué pensará de esto el Omnipotente?
10.  ¿No es esta una de las consecuencias de que sois una generación frívola, que estáis jugando con Dios y con vuestras almas? Porque, qué pocos de vosotros empleáis durante toda la semana una sola hora en la oración; qué pocos reveláis en vuestras conversaciones que pensáis en Dios. ¿Quién de voso­tros conoce la obra sobrenatural del Espíritu Santo en el co­razón humano? ¿Permitís que se os hable, a no ser desde el púlpito, de la obra del Espíritu Santo? Si alguna persona os habla en lo privado de este asunto, ¿no la consideráis inme­diatamente como un hipócrita o un fanático? En el nombre del Dios Todopoderoso, yo os pregunto: ¿Qué clase de reli­gión es la vuestra? No queréis ni podéis siquiera sufrir que se os hable del verdadero cristianismo. ¡Oh, hermanos míos, qué ciudad tan cristiana es esta! ¡Levántate, oh Jehová Dios; alza tu mano!
11.  Porque, a la verdad, ¿qué probabilidad o, mejor dicho, qué posibilidad, humanamente hablando, hay de que vuelva a este lugar el verdadero cristianismo según las Sa­gradas Escrituras, de que todas las clases de individuos que moran aquí, vivan y hablen como si estuviesen “llenos del Espíritu Santo”? ¿Quién podrá restaurar este cristianismo? ¿Vosotras, las autoridades competentes? ¿Estáis persuadidos de que este es el cristianismo de las Sagradas Escrituras? ¿Te­néis deseos de restablecerlo? ¿Estáis dispuestos a perder vues­tra libertad, fortuna y aun la vida, con tal de restaurar ese cristianismo? Pero suponiendo que tenéis el deseo, ¿quién tendrá el poder de llevarlo a cabo? Tal vez algunos de vosotros hayáis hecho esfuerzos, pero qué débiles y qué infructuosos han sido. ¿Vendrán a hacer esta gran obra jóvenes descono­cidos, de poca importancia? ¿No exclamaríais algunos de vos­otros: “Joven, al hacer esto, también nos afrentas a nosotros”? Mas no hay peligro de que se haga la prueba, pues por todas partes está la nación inundada de iniquidad. ¿Tendrá Dios que mandar el hambre y la peste, esas dos últimas plagas con que acostumbra castigar a las naciones rebeldes, o la espa­da (las huestes aijadas de los romanistas), para hacernos vol­ver a nuestro primer amor? “Caigamos mejor en mano de Jehová y no en manos de hombres.”
Sálvanos, Señor, o perecemos. Sácanos del pantano en que nos hundimos. Defiéndenos de estos enemigos, porque vana es la ayuda del hombre. A ti todo es posible. Conforme a la grandeza de tu poder, preserva a aquellos que han de morir y defiéndenos según tus caminos; conforme a tu voluntad y no a la nuestra.
PREGUNTAS SOBRE EL SERMON IV
1. (1). ¿Qué se dice respecto al día de Pentecostés? 2. (2). ¿Fue­ron estos dones ordinarios o extraordinarios? 3. (3). ¿Estaban todos los creyentes dotados de dones extraordinarios? 4. (3). ¿Qué se dice respecto a la permanencia en la iglesia de los dones de hacer milagros y de curar? 5. (4). ¿Qué cosa es esencial a los cristianos en todas las épo­cas? 6. (5). ¿Es el cristianismo un conjunto de opiniones o la santidad del corazón y la vida? 7. (I. 1). ¿Qué dice el predicador de la vida indivi­dual? 8. (I. 2). ¿Cuál es la esencia de esta fe? 9. (I. 3). ¿Qué motivos tiene para regocijarse? 10. (I. 1). ¿Aumenta ese amor filial? 11. (I. 5). ¿Qué amor resulta de este amor a Dios? 12. (I. 6). ¿Qué se dice de la hu­mildad, templanza y sacrificio de sí mismo? 13. (I. 7). ¿De qué manera modifica su conducta para con su prójimo? 14. (I. 8). ¿De qué modo lo impulsa a usar de los medios de gracia? 15. (I. 9). ¿Produce buenas obras 16. (I. 10). ¿Qué se dice del cristianismo en su nacimiento? 17. (II. 1). ¿Qué otro asunto pasa el predicador a considerar? 18. (II. 2). ¿Produce el cristianismo en los creyentes simpatía para sus semejantes? 19. (II. 3). ¿Qué se dice de los cristianos de los tiempos primitivos? 20. (II. 4). ¿De qué manera mostraron su amor a las almas? 21. (II. 5). ¿Cuál fue el re­sultado? 22. (II. 6). ¿Qué influencia tuvo esto entre los incrédulos? 23. (II. 7). ¿De qué manera sufrieron los cristianos primitivos? 24. (II. 8). ¿Detuvieron esas persecuciones el progreso del Evangelio? 25. (II. 9). ¿Qué se dice del “misterio de iniquidad”? 26. (III. 1). ¿Llegará el cris­tianismo a prevalecer en todas partes? 27. (III. 2). ¿Qué dice el apóstol? 28. (III. 3). ¿Qué descripción hace el predicador? 29. (III. 4). ¿Qué influencia tiene esto en las cosas temporales? 30. (III. 5). ¿Qué efecto producirá en la sociedad? 31. (III. 6). ¿Cuál es la condición de ese pue­blo? 32. (IV. 1). ¿Qué pregunta hace el predicador? 33. (IV. 2). ¿Qué quiere decir con la frase la “última vez”? ¿Tenía alguna idea del rencor que le guardarían las autoridades de la universidad por la franqueza con que habló? 34. (IV. 3). ¿Qué preguntas hace? ¿Usa de lenguaje que pudiera ofender? 35. (IV. 4). ¿A quién apela? 36. (IV. 5). ¿No hizo es­tas amonestaciones de una manera atenta y respetuosa? 37. (IV. 6). ¿De qué manera se dirige a las autoridades? 38. (IV. 7). ¿Se dirige solamente a los que se preparan para el ministerio? 39. (IV. 8). ¿Cómo habla a los ministros? 40. (IV. 9). ¿Qué dice de la juventud? 41. (IV. 9). ¿Cómo llama a muchos de ellos? 42. (IV. 9). ¿Qué quiere decir con la palabra perjuro? Respuesta. Que juraban solemnemente obedecer los estatutos y las reglas y no lo cumplían. Este lenguaje les llamó la atención hacia una grave ofensa de que eran culpables; pero por otra parte no era per­jurio en el verdadero sentido de la palabra. ¿Qué cosa es perjurio? Ju­rar falsamente: que es cierta una cosa que sabemos es falsa. El señor Wesley era un crítico tan severo de sí mismo como de otros. 43. (IV. 10). ¿Qué nombre da a los estudiantes? ¿Qué conversación evitan? 44. (IV. 11). ¿Cómo concluye el sermón?